Grasa, cirugías y madonnas-cyborg

En entrevista, Natacha Voliakovsky nos habla sobre el cuerpo como material artístico, la crisis como herencia y la performance como el único lenguaje que alcanza para decir lo que se necesita decir.

Natacha Voliakovsky (1988) es una artista argentina de performance que actualmente reside en Nueva York. Su obra reivindica el cuerpo como un sitio de resistencia, transformación y agencia política. Involucrándose con el feminismo-sudaca, la estética decolonial y la autonomía radical, lleva los límites de la corporalidad a través de intervenciones quirúrgicas, acciones de resistencia y procesos rituales.

Contanos un poco sobre el gesto de hervir la grasa, tenemos data de que fue un proceso, una experiencia que comenzó en 2017. ¿Cómo fue el recorrido hasta llegar a la muestra de Valerie’s Factory? ¿Es una misma pieza que se sigue escribiendo o cada iteración es una obra nueva que dialoga con la anterior?

Natacha Voliakovsky: La realidad es que eso inicia cuando yo empiezo a reconstruirme, a reparar diferentes daños que me había causado mi papá. Como una desviación mandibular. En el camino de restauración, que fue un proceso muy largo, tuve que recurrir a varias cirugías. De estar en contacto con tanta cuestión médica, tuve la oportunidad de pedir muchos elementos del interior de mi cuerpo. No era la primera vez que yo trabajaba con partes mías, como la sangre, la grasa, la piel, el pelo, o elementos asociados, como vendas. Y la grasa era algo que me llamaba muchísimo la atención, porque siento que es algo del cuerpo que no se ve y es más difícil acceder. Para mí la grasa es una gran evidencia y a la vez es un límite. Es una materialidad que me remite al ser humano, y trabajar con esa grasa pone en cuestión esos límites de la humanidad que nos terminan transformando en lo que somos.

Fue bastante intuitivo el proceso, hubo unos fragmentos que puse a la parrilla. Quería hacer cosas que suelo hacer cotidianamente. Yo hacía asados vegetales y en este caso puse grasa a la parrilla. Me parecía que era algo bastante cotidiano para mí. Lo hice en mi cocina y con los mismos elementos que cocinaba diariamente. Entonces, por un lado es una paradoja porque yo le inserto algo de lo cotidiano a eso que es tan liminal, tan abyecto, algo que debería estar dentro de un cuerpo y ahora está afuera y que en realidad si estaría afuera sería material patológico de descarte. Y en este caso era mi material artístico. La grabación de la grasa hirviendo fue algo que me cautivó muchísimo porque es todo lo que nos pasa por adentro y que no podemos ver, como la idea de sentir que me hierve todo, hasta la grasa, por lo que vivimos y no podemos cambiar.

En cuanto a la muestra en Valerie’s Factory, se relaciona con nociones de Donna Haraway, donde plantea el cuerpo cyborg. Ella plantea que no hay nadie que sea natural, que estamos todos alterados y modificados de alguna u otra manera. Ella habla de que el internet nos modifica, la alimentación, la globalización, la gentrificación, etc. Y yo, lo llevo a un punto bastante específico: la modificación por medio de cirugías. Además, hace bastante que vengo investigando diferentes Madonnas, como un intento de reescribir la historia clásica y a la vez popular del arte, donde siempre hay como una Madonna, una imagen femenina retratada por un hombre y la mirada de un hombre. En este caso, son Madonnas que encarno, que las presento en mi propio cuerpo y son diferentes Madonnas de la actualidad. En esta muestra, presento la idea de hospital, que es el lugar donde tantas veces estuve, pero este es un hospital para la Madonna cyborg, que para mí es una Madonna bastante diva. Una Madonna que tiene referencias en las mostras, en todas las travestis, en quienes no han tenido ningún tipo de pudor en alterarse, modificarse y en hacer un hito de eso, en convertirlo en algo hasta grotesco. No necesariamente siguiendo ningún tipo de patrón estético, sino más bien cuestionando la idea de qué es lo que somos, qué es lo natural y cuánto nos podemos modificar. Siempre lo dije, para mí la carne no es algo inmaculado, es algo –que por mi historia de supervivencia– más puedo poseer a medida que más la modifico. El recorrido fue intentar llevar esa investigación a una muestra. Estuvo muy bueno el acompañamiento de Valentina Quintero, que fue la curadora que supo interpretar el proyecto a la perfección.

En relación a la pregunta anterior, hay materiales y formas que remiten a lo médico, lo doméstico y lo industrial al mismo tiempo. ¿Qué te interesa de ese cruce?

Natacha Voliakovsky: Sí, diría que son las intersecciones, como tantas otras que han convivido en mi memoria de lo que me ha tocado atravesar y que las pongo en diálogo. Hay algo de lo médico que, un poco como víctima y un poco también como abusándome del medio, lo utilizo como herramienta artística. Pero no siempre fue así y lo doméstico es lo que nos han enseñado a la mayoría de nosotras desde que nacemos. Hay algo donde se te es relegado a lo doméstico y también es un lugar habitual, un lugar conocido. Y lo industrial es lo opuesto, se puede ver mucho en mis dibujos y en la aparatología médica.

La medicina a nivel industrial está hecha por hombres, para hombres. A las mujeres se nos ha empezado a estudiar recién en el siglo XX. Y toda la aparatología médica en general es bastante mecánica. En la performance que realicé, en el marco de la muestra, también se utilizaron un montón de elementos de medicina no tan antigua, de unos 20 años atrás más o menos que mostraban la violencia en aquellos aparatos, a la vez que su belleza como objeto. El instrumental médico ha cambiado muchísimo y se puede ver el abuso hacia los cuerpos. Pero yo busco resignificar eso, lo quiero usar a mi favor.

Quiero usar toda esa estética cruel como si fuera un disfraz de esta Madonna.

En cuanto a la situación instalativa que creó Carlos en Dispositivos del Yo, creo que mi obra dialoga muy bien, el caos me interesa, el diálogo también, siento que esa muestra es como una gran fiesta, donde estamos todos bailando juntos y mostrando con todo lo que nos pasa y lo que queremos decir con un montón de capas a la vez en formato de obra.

La grasa es una gran evidencia, y a la vez es un limite.

El curador Carlos Herrera sitúa la muestra –y la producción artística– en una genealogía que arranca con la crisis del 2001, donde los artistas empezaron a reformular el cuerpo y los materiales desde la precariedad. ¿Te reconoces en esa lectura? ¿Qué relación tiene esa genealogía con tu práctica actual, y su desarrollo dentro y fuera de Argentina?

Natacha Voliakovsky: Diría que soy un pedazo de crisis. Nací en crisis y crecí en crisis. Más allá del contexto general de la Argentina y el contexto mundial. Es algo donde hay muchas personas, y yo represento a muchas de esas personas, que hemos logrado sobrevivir a estados de crisis muy fuertes y constantes. Entonces, cuando él habla de la crisis del 2001, entiendo muy bien la lectura que hace a nivel escena del arte, pero yo la interpreto a nivel personal, como mis crisis. Y digo mis crisis, como  la crisis de cualquier otra feminidad, que ha tenido que sobrevivir y luchar en su contexto más directo. Creo que hoy lo que intento es pensar si es posible ver la crisis desde afuera, y no estar tan adentro de ella constantemente.

También el hacer performance viene de, no solo precariedad, sino también de la crisis, de esa urgencia de poner el cuerpo a disposición de una obra, poner el cuerpo porque a veces no hay otros materiales, otros recursos, o poner el cuerpo porque el mensaje es tan tremendo que el papel o la tela, nada alcanza. No te dan las manos para decir lo que tenés que decir. Es como un grito ahogado, que necesita volverse realidad, ser algo real; o al menos es lo que a mí me pasa.

Tu obra siempre estuvo atravesada por luchas muy concretas: soberanía del cuerpo, identidad queer, violencia patriarcal. En un momento en que en Argentina y en Estados Unidos hay retrocesos activos en esas agendas, ¿sentís que tu trabajo cambió de tono o de urgencia?

Natacha Voliakovsky: Mi obra, mi cuerpo y mi persona siempre están respondiendo a una o 20 diferentes urgencias, y a la vez, sí, mi trabajo cambia constantemente, porque cambio yo también. Maduro, las cosas las transformo, me duelen diferente, tengo nuevas historias que aprendo, propias y ajenas, pero no siento que ha cambiado de una manera particular, siento más bien que  la urgencia es algo ya constante con lo que yo he aprendido a vivir.

Y también es terrible, creo que el gran trabajo que me toca desde hace varios años, como a tantos otros artistas que se dedican a temas similares, es a no naturalizar el estado de urgencia: para volverlo ajeno otra vez, cómo hacer para que lo urgente no sea el único estado de realidad.

Sos argentina viviendo en Nueva York. ¿Cómo opera esa condición de inmigrante en las performances que realizas? ¿Es también un cuerpo desplazado, un cuerpo que ocupa un espacio que no le fue asignado?

Natacha Voliakovsky: Sí, mi experiencia de inmigración fue un tanto dura porque apenas migré me enfermé fuertemente con una enfermedad degenerativa, tuve pérdida de memoria y muchísimos problemas. Eso me alteró completamente la experiencia y, a la vez, tuve dos rechazos de papeles por los cuales quedé de manera irregular acá, con imposibilidad de salir. Estar en un lugar con otro idioma, sin tu cultura y la idea de no poder salir y estar enferma es tremenda. Obviamente, sigo siendo una persona muy privilegiada dentro de eso que me tocó vivir, pero fue realmente insoportable a nivel personal y modificó completamente mi obra.

Ser inmigrante trae una interseccionalidad que antes no había experimentado, donde se te agregan capas de lectura. De repente acá se agregan etiquetas, que si latina, que si sudaca, hispana, argentina, blanca, un montón de cosas. Son etiquetas que algunas me interesan, otras no. Con algunas he jugado un tiempo para ver cómo me sentía. Todavía es un aprendizaje constante. He realizado varias performances dedicadas puntualmente a reglamentaciones de Estados Unidos. Además, hice varias acciones en el espacio público y estos dos últimos años, con las nuevas legislaciones de Trump, las dejé de hacer porque se han vuelto muy peligrosas. Pueden ser consideradas agresiones al Estado y es una línea muy fina, como inmigrante siento que todo el tiempo tengo que estar pidiendo permiso.

Hay algo en tu obra que parecería hablar un idioma universal: el dolor, la carne, el trauma del cuerpo. Pero al mismo tiempo es una obra muy situada: sudaca, judía, queer, latina en el norte global. ¿Cómo conviven esas dos dimensiones? ¿Qué se pierde en traducción y qué se gana?

Natacha Voliakovsky: Viene un poco de lo que hablaba antes, que son como capas, etiquetas, son interseccionalidades; a veces más fáciles de abordar, otras más complejas, y se pierden un montón de cosas. Se pierde el contexto de Argentina, que es muy particular, o, mejor dicho, el de Buenos Aires, porque yo soy de Buenos Aires y Argentina es muy diversa. Se gana, quizás, el estado de presencia. Hay algo en el hacer performance, que obliga al cuerpo a estar presente. Ahí no importa quién sos o de dónde venís, hay algo del cuerpo presente que habla mucho más fuerte y habla directo a toda persona. Nueva York es una ciudad completamente multicultural, entonces generalizar es imposible. Lo que sucede es que acá cada uno se lleva una interpretación diferente y van a ir en búsqueda de una bajada conceptual, un texto de sala, un curador, algo. Y creo que quizás en Argentina la gente puede tener una percepción más directa porque hablamos desde el mismo contexto, desde el mismo lugar, desde el ser argentinas, desde experiencias que pueden ser disímiles, pero a la vez son parecidas.

Se pierden varias cosas en la traducción y lo que se gana es quizás un mensaje, algo que perdura, que permanece, que puede ser un poquito más global. El dolor es global, la sangre es global. El cuerpo ahí, en presencia, parado, en lo alto, es algo que todos pueden entender

Después de «Interfaz de la Carne», de «Dispositivos del Yo», de Madrid y Nueva York, ¿hacia dónde va tu obra? ¿Cuáles son los próximos pasos?

Natacha Voliakovsky: Voy a estar participando en Agosto en Nueva York de la Bienal Nómade, que se realiza en Governor’s Island. También, tengo varias cosas para confirmar, pero posiblemente voy a una residencia en Puerto Rico y en diciembre estoy curando una muestra en Nueva York, que todavía me faltan confirmar detalles, pero eso es un poquito mi agenda de lo que seguro va a pasar.

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