Esta nueva exhibición en Fundación Cazadores propone presentar cómo la ruptura del yo se dilucida en cada uno de los artistas seleccionados, afrontando reestructuraciones no lineales de la corporalidad y la representación del cuerpo atravesada por las crisis en diferentes materialidades.
Nos comenta el curador de la misma, Carlos Herrera:
“La muestra da cuenta de una nueva tipología de artistas que la crisis del 2001 desata, empiezan a trabajar con la basura, y empiezan a trabajar con una idea del cuerpo que es distinta a la que se venía trabajando, en una Argentina post dictadura en estado de democracia, en una argentina HIV-sida más controlado desde las medicaciones y la biopolítica empezando a organizarse. De algún modo esta crisis del 2001 es acompañada de una respuesta por parte del arte de salirse de los modos tradicionales, de la pintura, de la escultura clásica: hoy sigue siendo eco lo que pasó en el 2001 con artistas que empezaron a reformular el cuerpo y los materiales en relación al propio cuerpo. La crisis nos puso en la calle de alguna manera, y la fragilidad económica también hizo que los recursos de los artistas sean otros y ante esa escasez de recursos, surge la posibilidad de usar los restos, la basura y el propio cuerpo como un espacio de identidad.
El tratamiento del “Yo” en el arte argentino ha variado en todos estos años: A partir de la crisis del 2001 estaba representado de una manera más general o global, a contrario de, por ejemplo, el arte de la década del 2010, donde el enfoque estaba más en un “yo” de minorías, de individualidad, de dar visibilidad. Ahora mismo, existe un quiebre entre el clima de época y las prácticas, parece haber un retroceso de ciertas políticas, lo que nos lleva a pensar que la crisis no solo está adentro, sino también afuera.
Dice el texto de sala:
Manual para desarmar una identidad
En las prácticas de Sandro Pereira, Belén Romero Gunset, Mauro Guzmán, Leonardo Sánchez, Natacha Voliakovsky y Victoria Papagni el cuerpo deja de ser representación para convertirse en campo de operaciones. Cada uno, desde lenguajes y territorios distintos, trabaja sobre una misma hipótesis: la identidad no es una esencia sino una construcción inestable atravesada por dispositivos culturales, políticos y tecnológicos. Sus obras no ilustran subjetividades; las producen, las tensan, las distorsionan. Ya sea desde la autofagia paródica, la performance queer, el grotesco barroco, el collage marginal, la biopolítica encarnada o la tecnopoética glitch, lo que comparten es una voluntad de intervenir críticamente en los regímenes contemporáneos de visibilidad. No buscan afirmar una identidad, sino exhibir su proceso de fabricación.
En Sandro Pereira el autorretrato se vuelve autodevoración simbólica: el cuerpo como soporte, máscara y crítica desarma la solemnidad y consume su propia imagen para desmontar mitologías sociales. Belén Romero Gunset trabaja la identidad como construcción performativa: entre archivo, cuerpo y pensamiento, convierte lo marginal en potencia política y el autorretrato en ensayo. En Mauro Guzmán la identidad se teatraliza en el exceso: alter egos, lo camp y lo grotesco operan como estrategias críticas donde la estética es en sí misma una posición política. Leonardo Sanches construye desde los restos: una poética de lo monstruoso y lo precario que desarma jerarquías culturales y afirma lo residual como resistencia. En Natacha Voliakovsky el cuerpo es inscripción directa: piel y acción como campo de disputa biopolítica donde el trauma se reconfigura como agencia. Victoria Papagni tensiona tecnología y subjetividad: dispositivos digitales y fallas revelan una identidad mediada, inestable, donde el cuerpo se expande y se vuelve político.
Así, Pereira devora su propia figura, Romero Gunset ensaya archivos queer, Guzmán teatraliza la identidad, Sánchez deforma los restos culturales, Voliakovsky inscribe la política en la carne y Papagni hackea la tecnología desde el cuerpo. Cada uno, a su modo, afirma que la identidad no es una verdad que se revela, sino un territorio en disputa que el arte puede reconfigurar.
Sobre el estilo de este texto, el curador nos dijo:
“[En exhibición,] son artistas muy radicales en su acción y siempre estuvieron parados en ese eje que está escrito. Por eso me gustó más hablar de ellos como creadores, que de las obras en particular.”
Con una curaduría formato instalación-teatral, es indiscutible que la práctica artística del curador, Carlos Herrera, se evidencia en las decisiones de la disposición en el espacio de las obras y el diálogo entre ellas. De esta manera es que se vuelve un discurso más complejo y rico a la mirada: el trabajo en capas y superposiciones hace que el amalgame forme una sola obra total.
Hablando sobre esta instalación curatorial, cierra esta nota Carlos Herrera:
“Hay algo que apareció en la curaduría bastante lésbico, como una presencia de la identidad femenina, la identidad del cuerpo femenino que siento que es interesante como una lectura del hoy. No porque la muestra hable sobre el lesbianismo, sino porque varias artistas abordan la identidad desde el autodeseo, en Vic que es ella misma besándose con ella misma y transformándose con ella misma, en su escultura y su video; Natacha con el vínculo de si cuerpo y su autofagia de alguna manera; Belén que plantea lo lésbico de manera más directa con la Lona de la Camionera que es la lesbocamionera, que es una terminología como en los gays los osos, entre las lesbianas las camioneras son una categoría dentro de la comunidad lésbica; que plantea con esa lona roja, ese tajo, que habla literal de la camionera.”
Fotos: Gentileza Ana Rodriguez Baños | Fundación Cazadores









