Daniel Stroomer (Ámsterdam, 1982) es un artista neerlandés cuya obra, dominada por la vibración cromática, articula discursos en donde el rigor geométrico y lo digital se entrelazan para difuminar los límites entre la abstracción abstracta y la deriva objetual. Se formó durante los años 90 en el ambiente del graffiti, un momento bisagra de la transición analógico/digital: esta reconfiguración terminó instrumentalizada como habitus crítico que está presente en toda su producción.
En exhibición, LOST ID en Barrakesh intenta evidenciar la complejidad invisible del andamiaje que mantiene apresada nuestra atención, produciendo una síntesis inestable entre el gesto manual y la interferencia digital. Esta dialéctica formal introduce al residuo y a la contingencia como contrapunto materialista al idealismo de la forma pura.
En relación a lo temático, nos comenta la curadora Renata Di Leo:
En su obra convive la fuerza, el vigor, la precisión, el orden y la repetición sobrerregulada de esa herencia holandesa, con la improvisación, el caos y la inmediatez emocional a la que lo obliga la experiencia argentina. Algo de eso se filtra en la instalación; por un lado la idea de recrear una antena 5g con toda la información visual que eso trae (cables, precintos y otros elementos colgantes) para sostener discursivamente la investigación pero, tambien, instalación como soporte de la obra visual de Dan que es muy prolija. Es divertido ese contrapunto.
La muestra Lost ID opera desde lo pictórico, pero expone a través de la instalación la fragmentación en la que vivimos en este momento. Dan es una persona que en su cotidiano observa la ciudad y la infraestructura que la sostiene, y eso se ve en sus composiciones abstractas y en el desplazamiento que hace del paisaje citadino actual. Nuestro entorno esta cargado de pantallas, señales, cables y antenas, donde la realidad está medida por el flujo de datos. Creemos que somos seres autónomos pero en realidad vivimos bajo el yugo de la codificación corporativa que regula y capitaliza nuestras acciones para gestionar hasta nuestros deseos.
Replicar la morfología de una antena 5G busca hacer visible a este dispositivo como uno de captura atencional, que constituye el sustrato tecnopolítico de nuestra época. Aquello que normalmente permanece como infraestructura neutral es elevado a la categoría de actor visible, exponiendo su no-neutralidad y su función como promotor de la subjetivación.
Dice el texto de sala:
¿Qué alimenta a las máquinas que hoy calculan nuestro futuro? Mientras el único tiempo que realmente existe – el presente – más rápido pasa, el sujeto contemporáneo se precipita en la representación ilusoria que le otorga la interfaz. Ya no se trata de una misma relación con lo real. El desplazamiento y la captura de las estructuras históricas de creencia – la fe en cualquiera de sus formas – exponen la ciega entrega a una realidad donde el individuo permanece bajo el yugo de los algoritmos corporativos.
La desorientación de la subjetividad actual es el resultado de un proceso histórico y continuo que tiene raíces en el vaivén de desilusiones político/laborales de la posguerra y el auge del management en los años ‘70. Escenario que se intensificó, en los años ‘90, al priorizar las plataformas de exposición individual o, como coloquialmente conocemos, redes sociales. Desde las relaciones interpersonales hasta la misma percepción del espacio y el tiempo, todo ha sido socavado por esta mutación ontológica. Nuestro presente ha sido despojado, ya decía el filósofo Éric Sadin, o privado de la capacidad de imaginar un horizonte común.
El nuevo andamiaje invisible que mantiene cooptada nuestra atención se corporiza en una instalación de sitio específico que alberga un conjunto de obras de Daniel Stroomer, y materializa, en sus propias palabras, una certeza incómoda: “no somos más libres, estamos más fragmentados”. En la coyuntura actual, este fenómeno es absorbido por un sistema que, como señala Leonor Silvestri, se sostiene sobre el mito de la igualdad para aniquilar la singularidad y convertir la existencia en el mero contenido del yo. La pantalla, espejo único de una red digital omnipresente, se erige como el nuevo templo que, portátil, se carga constantemente en el bolsillo para animar a una subjetividad desamparada en su propia automatización. Hoy las antenas de telecomunicación han suplantado a los símbolos religiosos y operan como la nueva estructura material que captura y administra una fe subordinada al dispositivo.
Empujando al espectador a lidiar con la presencia física de lo que cree inmaterial, LOST ID cifra en el espacio un cuerpo de obras que responde a la urgencia de la sujeción social. El gesto pictórico de Stroomer preserva ese orden de superficies milimétricas que arrastran la precisión de su herencia holandesa. Como advertía Jorge Romero Brest, la abstracción reside en el proceso mental del artista, así también, en la tensión indisoluble entre el modo en que se concibe la vida y el modo en que se la expresa. La geometría hermética de Stroomer encuentra el lenguaje exacto para procesar su experiencia vital, mientras el rigor de su línea evidencia la arquitectura invisible de la red que nos captura. A su vez, la instalación escultórica genera un contrapunto, una fisura en el espacio que introduce la inmediatez de la improvisación local; un desorden intuitivo de la inventiva argentina que desvía la rigidez del plano.
Si bien la experiencia humana es reducida a un flujo constante de datos y se sostiene a través de sus propios usuarios. La torsión elíptica que garantiza el funcionamiento de esta captura puede quebrarse. Mientras se usufructúa nuestra historia e interacción, el mismo sistema codifica, en su propia ley, la trampa.
La instalación se inscribe en una tensión productiva entre la racionalidad geométrica (heredera de una modernidad que pretendió purificar la forma) y la contingencia del paisaje periférico. En este escenario, lo local irrumpe como una resistencia a la homogeneización del espacio simbólico. Así, la sustitución de los íconos religiosos por infraestructuras de telecomunicación no es un gesto de carácter sociológico, sino la evidencia de una nueva teología política del mercado.
En relación a estas consideraciones espaciales, nos comenta una vez más la curadora Renata Di Leo:
La actualidad de su obra es la hibridación de dos cuestiones: la técnica tradicional del graffiti (donde se pinta por capas) procesada a través de una nueva sensibilidad visual. El lugar en el que está emplazada la muestra, un antiguo convento, es clave para entender del hilo del cual tiramos; algo del orden transposición. El traslado de un templo sagrado donde antes la simbología era otra, hacia una creencia individualizada producto de los celulares, redes sociales y esas maquinarias que usamos sin parar. Antes la fe se afincaba en la religión, luego pasó a estar en la ciencia y ahora está depositada en la tecnología de punta. Hoy en día el templo para cada persona, de occidente, es su vida virtual.
En última instancia, LOST ID desmonta la falsa neutralidad de la técnica para exponer la infraestructura que privatiza nuestra subjetividad. Su instalación constituye una fisura material que interrumpe el flujo de datos corporativos, recordándonos que el andamiaje que hoy codifica nuestros deseos es, fundamentalmente, nuestro campo de batalla.









