Arte es mi palabra favorita

Diana Aisenberg con curaduría de Ad Minoliti, en la planta baja de De Sousa Galeria.

Diana Aisenberg (Buenos Aires, 1958) se formó en la Bezalel Academy of Art and Design de Jerusalén (ciudad a la que partió al exilio a mediados de los setenta), donde permaneció más de una década antes de volver a Buenos Aires. Pintora, pero también una de las docentes más influyentes del arte argentino contemporáneo, es autora de Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones (2004) y del Método Diana Aisenberg (2018), ambos editados por Adriana Hidalgo Editora. De sus muestras individuales recientes en la galería de Sousa destacan La clase media va al paraíso (2024) y Silencio, la noche está llena de estrellas (2022).

El texto que acompaña la muestra no es, en rigor, un texto curatorial convencional, sino una conversación. Tres amigas, identificadas apenas como Amiga 1, Amiga 2 y Amiga 3, recorren el espacio de exhibición discutiendo obra por obra, mientras una de ellas, que se entiende es la propia Aisenberg, va desenrollando los materiales y explicando las decisiones de montaje. Firman el texto un trío real: Fernanda Laguna, Santiago Villanueva y Diana Aisenberg. La elección formal no es un capricho: Aisenberg construyó buena parte de su método pedagógico alrededor de la pregunta como herramienta, nunca afirmaciones disfrazadas de pregunta, nunca preguntas que se contesten por sí o por no; y alrededor de la clínica de obra, un dispositivo grupal donde no se opina sobre el trabajo ajeno, solo se pregunta. Que el texto de sala adopte la forma de una charla entre pares, y no la de una voz curatorial que nos dictamina desde afuera, replica la misma lógica que Aisenberg aplica hace más de treinta años en sus talleres.

La muestra reúne dos series enfrentadas. Arte Sacro, nueve metros de ángeles y madonas con niños en azules y verdes pintados sobre rollos, y Geometrías Posibles, once metros que cubren la pared opuesta, descritos por la propia artista como «mi nuevo amor». Ambas comparten soporte: no son telas sino manteles con puntilla, servilletas, papeles de empapelar que Aisenberg pide prestados o directamente recibe como donación de su círculo. La costumbre de Diana de pedir «el soporte» donde pintar, viene de larga trayectoria: comenzó pidiendo palabras, luego objetos en desuso (que supieron estar en cuerpos, por ejemplo), manteles de familias, y ahora, rollos de empapelados que hayan sobrado. La tradición de volver a escribir o reescribir sobre soportes ya marcados y usados, que contienen historia, resuelve una operación de apropiación de los mismos, donde intervenidos, quedan reconvertidos.

Dice un breve extracto del texto de sala:

Amiga 2: «Me gusta olvidarme de que son empapelados. ¿Viste que tienen unas rayas blancas? Como si psíquicamente el papel se fusionara con la pintura y se volviera otra cosa»

Retomando la concatenación del pedido de objetos, no resulta una acción alejada a como Aisenberg da sus clases. En una entrevista reciente con Dani Zelko, publicada bajo el mismo título que la muestra, Arte es mi palabra favorita, la artista habla sobre uno de los ejercicios que más repite en su taller: alguien describe un objeto sin nombrarlo, solo por la textura, dirección, color, y los oyentes lo pintan guiándose únicamente por esa descripción hablada. Al finalizar, se comparan el objeto real, la descripción y la pintura resultante. Dice haber aprendido esa dinámica mucho antes de ser maestra, acompañando durante un año a una mujer ciega en Jerusalén a la que le describía Buenos Aires «con lujo de detalles» para que pudiera, de algún modo, verla.

«Pintás sobre papeles que después van en la pared. Un collage invertido», se lee en el texto de sala.

Sin Problemas, la serie más nueva de la muestra, funciona como reverso de Arte Sacro (Arte Sacro se encuentra dentro de una especie de capillita en el medio de la sala, un recoveco tranquilo para disfrutar imágenes de culto traducidas por Diana). En Sin Problemas, se presenta una abstracción colorida sin la carga mística de la iconografía religiosa, resuelta con la misma voluntad de espontaneidad que Aisenberg persigue desde sus cuadernos.

Sobre el vínculo entre pintura y estudio/práctica, según el texto de sala:

«Todos los rollos tienen ese espíritu: la investigación, el desarrollo de algo.»

En el texto de sala, la búsqueda de espontaneidad se piensa en diálogo con la idea de descreación de Simone Weil: desprenderse del yo para que sea otra cosa la que pinte a través de una. «Que ya no soy yo porque lo hice», dice Aisenberg ahí mismo. Esa misma tensión entre el yo y lo que lo excede aparece, de otra forma, en su testimonio con Dani Zelko: ahí habla de una «magia metabólica» entre necesidades, saberes y obsesiones que ningún artista puede evitar hacer funcionar junto, y de la pintura como una práctica que la vuelve mejor persona cuando logra sostenerla.

Diana Aisenberg lleva más de treinta años sosteniendo dos prácticas en paralelo, que en su caso nunca fueron dos cosas distintas: pintar y enseñar a pintar. Generaciones de artistas argentinos pasaron por sus clínicas y talleres, donde el método terminó siendo tan parte de su obra como las pinturas mismas. Arte es mi palabra favorita es, en ese sentido, más que una muestra, un capítulo del trabajo sostenido: prueba viva de que la pedagogía y la pintura nunca dejan de alimentarse una de la otra.

El texto de sala se puede consultar acá.

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