El deseo que me empuja

César Abelenda nos habla sobre la inauguración de la nueva sede de PASTO en Retiro y sobre cómo construir comunidad alrededor de una galería de arte a través del constante movimiento.

César Abelenda (Corrientes, 1979) es un galerista argentino enfocado en el desarrollo de redes de circulación y en la profesionalización del arte contemporáneo latinoamericano. Formado en Economía y Marketing antes de abocarse a la gestión cultural, su trayectoria se define por la articulación entre la visión estratégica y un acompañamiento crítico a los artistas con los que trabaja. En 2012 fundó en Buenos Aires la galería PASTO, un espacio clave para el ecosistema porteño de las artes.

Celebración, su más reciente exhibición en PASTO, da inicio a una nueva etapa en su historia al inaugurar su nueva sede en el pasaje Tres Sargentos. Esta muestra no operó únicamente como hito de apertura: se articuló como un punto de convergencia para las distintas poéticas y artistas que configuraron la identidad del proyecto desde sus inicios.

A modo de antesala de la entrevista, se reproduce a continuación por su relevancia el texto de sala escrito por Carlos Herrera para la misma:

Galería y comunidad en tiempos de reinvención
Moverse para seguir escuchando lo que cambia

Ser galerista de arte contemporáneo en Argentina implica mucho más que sostener un programa de exhibiciones. Supone desarrollar una sensibilidad capaz de leer una escena antes de su consolidación, detectar artistas antes de su legitimación institucional y construir las condiciones materiales, simbólicas y afectivas para que ciertas obras puedan existir y circular. En un contexto atravesado históricamente por la inestabilidad económica, los cambios políticos y la fragilidad estructural del sistema cultural, el galerismo se convierte también en una práctica de resistencia, imaginación y persistencia.

Una galería no solo exhibe obras: produce contexto, articula relaciones, forma colecciones, acompaña trayectorias y participa activamente en la construcción de una época. Su trabajo consiste muchas veces en sostener procesos largos e inciertos, atravesar crisis, reinventar estructuras y comprender que el crecimiento de los artistas implica también aceptar desplazamientos, autonomías y nuevas escalas. Persistir durante más de una década dentro de la escena contemporánea argentina no responde únicamente a una lógica profesional o comercial; implica, sobre todo, una manera de entender el arte como espacio de pensamiento, socialización y construcción colectiva.

La historia de PASTO parece haber nacido exactamente desde ahí. No desde una estrategia empresarial sino desde una experiencia profundamente vital del arte y de la ciudad. Antes de abrir la galería en 2012, César Abelenda había llegado desde Corrientes a Buenos Aires buscando trabajo y nuevas posibilidades. De noche trabajaba como barman en Kim y Novak, el mítico bar de Godoy Cruz y Güemes que durante los años dos mil funcionó como punto de encuentro de artistas, músicos, cineastas y personajes de una escena cultural porteña todavía atravesada por la mezcla, la informalidad y el deseo de experimentar otras formas de vida. En ese universo nocturno conoció amistades, artistas y afectos que terminarían modificando su relación con el arte para siempre. La cercanía con figuras como Bianca Barbara LaVogue o Matías Maroevic no solo amplió su mirada sobre la sensibilidad contemporánea, sino también sobre el cuerpo, la identidad y las formas posibles de comunidad.

El descubrimiento posterior de revistas como Ramona, espacios como Appetite, La Fábrica, Ruth Benzacar o el CCEBA, junto con su paso por la Maestría en Curaduría de UNTREF, terminaron de consolidar un recorrido que nunca fue únicamente académico. Porque si algo atraviesa la historia de PASTO es precisamente la idea de que el galerismo se aprende menos en las instituciones que en los vínculos: en las conversaciones con artistas, en la observación paciente de una escena, en el tiempo compartido. La experiencia junto a Clara Abelenda y María Eugenia Quesada terminaría de darle forma a esa comprensión del oficio entendida no solo como gestión, sino también como cuidado.

PASTO nunca fue una galería quieta. Desde su apertura en 2012, su historia parece haber estado marcada por el desplazamiento constante, como si cada mudanza no respondiera solamente a una necesidad espacial sino también a las transformaciones sociales, económicas y culturales que atravesó la Argentina en cada etapa, y a una manera de entender el arte contemporáneo: moverse para seguir escuchando lo que cambia. En una ciudad donde muchos proyectos aparecen y desaparecen con rapidez, PASTO construyó algo más difícil que la permanencia: construyó continuidad. Una continuidad hecha de deseo, intuición y sensibilidad crítica hacia cada momento de la escena artística argentina.

Su primera sede, en el Patio del Liceo sobre avenida Santa Fe, nació en el centro exacto de una transformación cultural. A comienzos de la década del 2010, aquel corredor informal compuesto por Mite, La Ene, Fiebre, Tu Rito de Fernanda Laguna y la librería Purr condensaba una nueva sensibilidad para pensar el arte en Buenos Aires. PASTO apareció allí no como una estructura cerrada sino como parte de un ecosistema vivo, todavía en formación. Más que un espacio comercial, parecía un lugar de aprendizaje mutuo donde artistas, curadores, escritores y coleccionistas compartían un territorio en plena invención. Aquellos primeros años fueron fundamentales porque definieron el modo en que la galería iba a relacionarse con los artistas: desde la cercanía, la escucha y el riesgo. Antes que consolidar una identidad fija, PASTO eligió crecer acompañando procesos y conversaciones.

El traslado de 2014 al antiguo local de Elsa Serrano, en Pereyra Lucena y Pagano, marcó otro momento decisivo. La galería salió a la calle y encontró una nueva escala. Allí apareció una dimensión más pública y más ambiciosa de su programa, capaz de combinar sofisticación curatorial, potencia visual y proyección internacional. Las exposiciones de Diego Bianchi, Sofía Durrieu, Andrés Piña, Érica Bohm, Ariel Cusnir y Víctor Florido, entre otros, terminaron de consolidar una escena generacional que hoy resulta central para entender el arte argentino contemporáneo. También fue el momento en que numerosos curadores jóvenes encontraron en PASTO un espacio de libertad para ensayar nuevas formas de exhibición y pensamiento.

La participación en ferias como arteBA, SP-Arte, ARCO Madrid y ARTBO en Bogotá no funcionó únicamente como expansión institucional. También permitió insertar ciertas prácticas locales dentro de conversaciones más amplias, sosteniendo una mirada singular sobre la producción argentina sin perder cercanía ni intensidad.

La etapa de La Boca profundizó esa idea de expansión. El enorme espacio frente al Parque Lezama, permitió trabajar desde otra escala, más experimental y más híbrida, incluso en medio de uno de los períodos más inciertos para el sistema del arte contemporáneo. La pandemia obligó a reformular estructuras enteras, pero PASTO volvió a responder desde el movimiento. Algunas de las exposiciones más significativas de esos años, como las de Cynthia Cohen Federico Cantini y La Chola Poblete, confirmaron algo que ya comenzaba a hacerse evidente: la galería no solo acompañaba artistas, también ayudaba a producir contexto para que ciertas obras pudieran emerger y transformar la escena. La primera individual de La Chola Poblete en Buenos Aires, Tenedor de hereje, curada por Leandro Martínez Depietri, terminó convirtiéndose en uno de esos momentos que exceden el tiempo de una muestra y pasan a formar parte de una memoria colectiva reciente del arte argentino.

La llegada posterior a Chacabuco 866, en San Telmo, pareció recuperar algo del ritmo íntimo de sus comienzos. Otra vez un barrio cargado de capas históricas, otra vez la convivencia entre fragilidad y potencia. Allí convivieron propuestas profundamente distintas pero atravesadas por una misma intensidad material y poética, como Parampara de Manuel Brandazza o las exposiciones de Santiago Licata entre otras. PASTO reafirmó entonces algo que venía construyendo desde hacía años: una programación capaz de desplazarse entre lenguajes, generaciones y sensibilidades sin perder coherencia.

Ahora, la nueva sede en Tres Sargentos 359 aparece menos como una meta definitiva que como una nueva inflexión dentro de una historia marcada por la reinvención constante. El espacio carga con una memoria propia: allí funcionó durante décadas la Cristalería Lumi Hermanos y más tarde la histórica Galería Alberto Sendrós, uno de los epicentros fundamentales del arte contemporáneo argentino de los años noventa y dos mil. Instalarse allí implica también asumir una herencia y entrar en diálogo con una tradición de experimentación, riesgo y descubrimiento.

PASTO llega a Retiro después de trece años de itinerancia, trabajo y construcción afectiva. Pero conserva algo esencial de sus comienzos: la convicción de que una galería puede ser, antes que nada, una forma de construir comunidad alrededor del arte.

Cada una de sus mudanzas dejó atrás una arquitectura y abrió otra posibilidad. Tal vez por eso la historia de PASTO no pueda pensarse como una sucesión de direcciones sino como una manera de atravesar el tiempo reciente del arte argentino. Un proyecto que creció sin endurecerse, que aprendió a transformarse sin perder sensibilidad y que sigue entendiendo cada nuevo espacio como una oportunidad para volver a empezar.

La apertura de Tres Sargentos 359 no celebra solamente una nueva sede. Celebra algo mucho más difícil de sostener: el deseo hecho realidad, el deseo hecho CELEBRACIÓN.

E.: Pasados 13 años desde la apertura de PASTO, la primera pregunta que surge en relación a los distintos contextos políticos y económicos desde 2012 hasta el presente, es: ¿Cómo lograste sostener el rumbo de la galería en el tiempo?

Cesar Abelenda: Mirá, en la Argentina todo es incierto. No sabemos qué va a pasar en seis meses: es difícil mantener una visión a largo plazo.

Nunca supe que iba a llegar hasta acá. El de PASTO fue un recorrido que nunca me propuse de forma lineal, sino muy cortoplacista en el día a día, aunque sostenido por una mirada a largo plazo sobre los mercados que quiero conquistar y las colecciones a las que me quiero adentrar. Pasamos por varios gobiernos: abrimos la galería con Cristina Kirchner, pasamos los cuatro años de Mauricio Macri, Alberto Fernández y la pandemia, y ahora Javier Milei. Uno tiene que adaptarse muy rápido a las incertidumbres del momento.

Yo soy economista, y nosotros solemos decir que predecimos el futuro, aunque en realidad no es así. Lo que sí es verdad es que tenemos la capacidad de ver cómo se mueve el mercado y qué previsiones tomar según el contexto político.

Los de ahora son años muy difíciles. Creo que nuestra función hoy como galerías es resistir, aguantar y darles a los artistas todas las herramientas para que puedan expresar este momento histórico complejo. Sus obras son las que van a documentar este presente, y nosotros tenemos que buscar los recursos para que puedan hacerlo. Esa es la mayor función actual.

E.: La función social de las galerías de arte: permitir la continuidad institucional, posicionar artistas y propiciar discusiones a partir de sus obras. La última exhibición en PASTO, «Celebración», se estructuró como un balance entre tu trayectoria personal y la de la galería, consolidando así el rol institucional y el posicionamiento que tienen ambos en el circuito local de arte contemporáneo.

Cesar Abelenda: La muestra surge al ser esta mi cuarta mudanza y el quinto espacio que tenemos desde que empezamos en el Patio del Liceo.

Ahora que está terminando, me pongo a pensar sobre qué es lo que hace una galería de arte, y qué hice yo todo este tiempo. Me parece interesante, más allá del recorrido, pensar en cómo fue cambiando mi mirada en los últimos doce años.

Yo empecé la galería partiendo desde la fotografía. En ese momento estaba en pareja con un fotógrafo, y él me enseñó mucho a ver el arte desde la técnica fotográfica. También influyó una cuestión familiar: mi papá es ingeniero y tiene una empresa constructora. Esa cercanía familiar generó que siempre me interesara la espacialidad. Lo acompañaba mucho a las obras en las que trabajaba, y por eso siempre me atrajo el trabajo de artistas que dialogaban con la arquitectura, como Lucas Simões, Juan Sebastián Bruno o Victor Florido.

Luego se empezó a ampliar un poco mi gusto. Lo que hago hoy, para mantenerme vigente, es investigar mucho de todo, leer bastante, cursar seminarios y volver siempre a mis libros. Trato de ver todas las muestras que hay en la ciudad y, cuando viajo, también veo mucho. Siempre estoy en la búsqueda: ¿cuál es el próximo talento? Eso es lo que más me interesa.

Soy de Géminis; me aburro, me canso, y si ya un lugar no me resulta, me pongo incómodo y trato de renovarlo todo. Eso lo resuelvo rápido antes de que me venza la profecía autocumplida. Tengo mucha intuición.

E.: Imagino que el traslado por distintos espacios y emplazamientos supuso siempre un desafío.

Cesar Abelenda: Cuando arranqué en el Patio del Liceo, estábamos en un local de dos por dos. Estábamos empezando y aprendíamos un montón, conociendo coleccionistas y siempre con el espíritu de querer vender para sobrevivir. Eventualmente, empezó a funcionar. Lo que más dio resultado fue que conocí a mucha gente que circulaba por el lugar y me asocié con una galería de fotografía para abrir el espacio en Pereyra Lucena 2589.

Para ese entonces, yo ya estaba terminando la maestría en curaduría en artes visuales y tenía más armada la programación. Era un local chico, pero con gran visibilidad por su vidriera. Se armó un lindo equipo y una buena movida. Tuvimos un muy buen primer año en arteBA y, al año siguiente, ganamos el Premio Chandon.

En ese espacio empecé a trabajar con Leandro Martínez Depietri, que era un curador joven e increíble, con muchísimo futuro, cursando su doctorado. Ese vínculo fue muy interesante porque nos ayudamos a pensar y trabajamos a la par: él desde el lado curatorial y yo desde lo comercial.

E.: ¿Sentís que la ubicación y el contexto de cada uno de esos espacios permeó la forma en que entendías la galería? En el Patio del Liceo eras vecino de otros proyectos, como por ejemplo el Museo La Ene. ¿Sentís que cada emplazamiento te permitió explorar dinámicas distintas?

Cesar Abelenda: Sí. De hecho, cuando estábamos en Pereyra Lucena, nos encontrábamos bastante aislados; no había otras galerías alrededor. Era meternos en un barrio donde no estaban acostumbrados a tener una galería de arte contemporáneo, y la gente preguntaba qué hacíamos o si podían pasar.

Una vez hicimos una instalación de Martín Carrizo con kilos y kilos de tierra y cemento. Incluía una máquina de sonido con una bomba de agua que se activaba para que las gotitas cayeran sobre palanganas y generaran música. Fue un lugar de experimentación increíble donde hicimos de todo: se llenaba de gente y nos divertíamos mucho trabajando ahí. Tuvimos una muestra de Diego Bianchi para la cual, de hecho, tuvimos que cerrar la calle por la altísima convocatoria. En ese espacio nos permitimos hacer cosas muy arriesgadas.

Después de eso nos fuimos a un local enorme de 300 metros cuadrados en La Boca, lo cual supuso otro desafío tremendo: ¿Cómo llenamos esto? Volví a trabajar con Leandro Martínez Depietri, que acababa de volver de su maestría en Chicago, y me propuso trabajar con La Chola Poblete. Esa muestra fue un éxito rotundo que nos permitió demostrar todo el potencial de los artistas y de la galería en un espacio gigante, a pesar de contar con recursos limitados.

Después, en Chacabuco 866 (nuestra cuarta sede), pintamos toda la galería de barro y colgamos del techo esculturas blandas de Manu Brandazza hechas de seda, tafetán, bordados con perlas y artefactos de cerámica. Tenía una fachada a la calle con una gran vidriera y fue increíble. Cada espacio tuvo su impronta. Ahora, acá en Tres Sargentos 359, es la primera vez que no tenemos vidriera a la calle.

E.: Eso tiene sus pros y sus contras.

Cesar Abelenda: En este momento, siento a la galería como una casa. Abrimos y la gente sabe que estamos acá; además, las redes sociales crecieron un montón y nos permiten comunicar si estamos o no. El público ya nos conoce, tiene nuestros contactos y sabe que puede venir.

Antes necesitábamos provocar algo en el público que pasaba por la calle y se quedaba mirando desde afuera antes de tocar el timbre: era una carta de presentación necesaria, aunque cuando entraban sentían que estaban siendo observados desde el exterior. En cambio, en este espacio, cada vez que subís la escalera entrás a un oasis: estás a solas frente a la obra, podés disfrutarla desde otro lugar y sin nadie más que te esté mirando a vos mientras la mirás.

E.: Entiendo que el no tener vidriera quita, de cierta manera, la presión comercial inmediata y le permite al visitante un análisis más exhaustivo sobre las obras y sus posibles lecturas. Pero, ¿Por qué Retiro?

Cesar Abelenda: Venía mucho a Comité 357, acá abajo. Cuando me invitaron a conocer este espacio arriba de ellos, dije: quiero terminar acá. Siento que Retiro está creciendo mucho. Es un barrio para hacer, en plena expansión, que tiene un futuro por delante, y me motiva ser parte de este proceso.

A veces a uno se le va el deseo, y de repente lo encuentra en otro espacio, otros artistas, u otros lenguajes. Ese deseo es el que me empuja: le meto con toda y voy atrás de él. Sin deseo es muy difícil: tener una galería es un trabajo muy sacrificado. No le recomiendo a nadie que empiece de cero, sin una planificación exhaustiva.

E.: Tu trabajo implica un nivel muy alto de exposición pública y un esfuerzo constante de posicionamiento. Sin un deseo que te movilice, es prácticamente imposible llevarlo a cabo.

Cesar Abelenda: Para gestionar una galería hay que estar muy expuesto y hacer mucho lobbying. PASTO tiene más de doce años; te podría decir que los primeros cinco son de perder plata. Es apostar, apostar y apostar, y lo que ganás lo volvés a meter en la galería. Por suerte, cuando empecé tenía una ayuda económica de mi familia, lo que me permitió invertir y sostenerme.

Una parte muy importante de nuestro trabajo, que me mantiene activo, es la de hacer ferias. A veces, decidís unirte a algunas ferias porque, si no, los artistas se te van a otras galerías que participen. Cuando empezás en una, mínimo tenés que ir tres años para probar si funciona o no. Aunque si ves que el primer año fue un desastre total y considerás que ese mercado no te sirve más, quizás lo mejor sea desistir.

Yo apunté mucho a Brasil y a México; junto con ARCO en Madrid son un poco los pilares de nuestra proyección. Entramos el año pasado a Art Basel Miami, que fue increíble. Estuvimos también en NADA NYC 2025, y después, bueno, hicimos todas las ferias regionales posibles: Córdoba, Rosario, Corrientes, etc. Todo esto para que los artistas tengan circulación y también para conocer otras escenas.

ArteBA es la que nuclea una vez al año a todos los artistas de Buenos Aires y del interior. Cuando yo participaba, la feria era bastante internacional y venían muchas galerías de afuera, sobre todo de Brasil. Luego, después de la pandemia, se volvió muy local, pero sigue siendo el momento del año donde se junta la gran comunidad del arte contemporáneo.

Hay muchos mundos del arte, entonces uno, cuando tiene una galería, tiene que saber en qué mundo quiere estar, cuál es su target y cuáles son los artistas con los que le interesa trabajar para posicionarlos en este circuito. Después hay miles de mundos: el mercado de las casas de subasta, el del arte secundario, galerías más o menos establecidas, o galerías de arte moderno. Nosotros nos dedicamos exclusivamente al arte contemporáneo y a artistas que están en el momento de despegue de sus carreras.

E.: Por último, ¿cuáles son los lineamientos proyectados de acá en adelante?

Cesar Abelenda: «Celebración» fue, un poco, la presentación del espacio y de todos los artistas con los que trabajamos. También me sirvió para medir la temperatura del mercado y los gustos de nuestro público, así como para empezar a pensar en la formación de nuevas audiencias.

En función de eso, armamos una programación que se extiende hasta el año próximo para asegurar que cada uno de los doce artistas participantes (más tres invitados) tenga su propia muestra individual en un ciclo bianual, a razón de cuatro o cinco exposiciones anuales.

La próxima es la de Federico Cantini, que la reacomodamos a septiembre porque él está en un excelente momento y su obra acaba de ser adquirida por el Museo de Arte Moderno, lo cual comercialmente nos va a servir mucho. Después viene una muestra de Iosu Aramburu y luego las de Déborah Pruden, Manuel Brandazza, Jimena Losada y Benjamín Felice. Todos nuestros artistas van a tener su solo show.

Todavía nos queda por definir qué vamos a hacer en la terraza. Entendemos que en Buenos Aires últimamente no se está haciendo mucha performance, por lo que queremos iniciar un ciclo en ese formato para contribuir al fortalecimiento de dicho lenguaje.

Deja un comentario

  • Agosto en El Lobby

    Pauli Burgos con curaduría de Sol Severina y texto de Marlene Wayar; Rica & Sol con texto de Teresa Giarcovich y Marianela Fidalgo con texto de Renata Molinari, en El Lobby

    Leer más

  • Recursión

    Álvaro Godoy y Sofía Santillán en Espacio Hermes, con curaduría de Francisco Centurión.

    Leer más

  • El deseo que me empuja

    César Abelenda nos habla sobre la inauguración de la nueva sede de PASTO en Retiro y sobre cómo construir comunidad alrededor de una galería de arte a través del constante movimiento.

    Leer más

  • Ser antena

    Nessy Cohen y Claudia Mazzucchelli en W—Galería, con curaduría de Santiago Villanueva

    Leer más

  • Arte es mi palabra favorita

    Diana Aisenberg con curaduría de Ad Minoliti, en la planta baja de De Sousa Galeria.

    Leer más

  • El origen del mundo

    Jazmín López en Ruth Benzacar, con curaduría de Sofía Dourron.

    Leer más

  • Grasa, cirugías y madonnas-cyborg

    En entrevista, Natacha Voliakovsky nos habla sobre el cuerpo como material artístico, la crisis como herencia y la performance como el único lenguaje que alcanza para decir lo que se necesita decir.

    Leer más

  • Junio en El Lobby

    SISTEMA SEÑAL SEÑAL SISTEMA: Paloma Ludueña, con texto de Felipe Ballarena & SACROMAMBO: Cecilia Méndez Casariego, con la curaduría de Emmanuel Franco y texto de Javier Villa

    Leer más

  • Farsa

    Jazmin Kullock en La Mala Galeria, con texto de Malena Low.

    Leer más

  • LOST ID

    Daniel Stroomer en Barrakesh, con curaduría de Renata Di Leo

    Leer más

Descubre más desde Bruna

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Bruna

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo