Estadío inicial

Yasmin Antún, Renata Molinari y Leila Simonian en el Centro Cultural Borges, con la curaduría de Olivia Azpiazu, Juan Manuel Maquirriain, Lucía Ramundo y Helena Spinnato, bajo la tutoría de Joaquín Barrera.

Como parte de su programación 2026, el Centro Cultural Borges inaugura su tercer piso como un laboratorio de experimentación artística orientado a la promoción de artistas jóvenes, en esta instancia con el acompañamiento curatorial de alumnos de la primera cohorte del programa Curaduría 2.5 de La Escuelita de la Fundación El Mirador.

Esta colaboración institucional propone, por un lado, ampliar y democratizar los procesos de renovación de los actores del campo artístico, situación históricamente afligida por las imperantes lógicas de circulación restringida. Por otro, habilita la incorporación de miradas que expanden los límites de la sala expositiva al revitalizar los discursos que la constituyen.

Dice el texto de sala:

En este primer estadío la sala se convierte en un laboratorio donde las artistas Leila Simonian (Buenos Aires, 1997), Yasmin Antún (Córdoba, 1997) y Renata Molinari (Buenos Aires, 1996) ensayan dinámicas de experimentación, elaboran hipótesis sobre el presente e imaginan heterotopías de futuros abiertos. En estas operaciones se configura y entra en acción el pulso que articula la muestra: la observación y la asistencia como el estadío inicial para poder imaginar el porvenir.

Lejos de pretender arreglar el estado del mundo, y sin caer en la desesperanza de anunciar la perdición total, las artistas se sitúan en un punto intermedio desde el cual afinan la mirada. Se mantienen en equilibrio mientras establecen tensiones entre lo vivo y lo inerte, entre lo real y lo imaginado. Se detienen a cuidar aquello que persiste antes de extinguirse. Analizan y diagnostican el entorno y quienes lo habitan, y crean una ficción para poder entender el orden general del mundo. Así, construyen un campo donde el cuidado, el diagnóstico y la ficción emergen como gestos que sostienen la dinámica del espacio sin imponer respuestas.

Leila Simonian trae los rastros mínimos e imperceptibles de la vida y construye dispositivos para sostener esa frágil permanencia. Su universo se construye de la inquebrantable interdependencia entre contenedor y contenido, entre organismos embrionarios y los instrumentos que los mantienen vivos, en un ciclo que recién comienza o está a punto de terminar. Condensación y evaporación de fluidos, latidos artificiales y exo-estructuras preservan ese umbral.

Lo que tracciona la obra de Yasmín Antún son los puntos de vista. Algunas de sus piezas nos permiten observar nuestro entorno desde la perspectiva de sus animales de hierro. Otras, articuladas desde el absurdo, erigen un sanatorio para el cuidado de plantas que parecieran no tener salvación. La obra, en su totalidad, achica la brecha entre nosotros, el mundo animal y el vegetal.

Renata Molinari crea seres fito-zoomorfos. Utiliza la cera como cuerpo, el óleo como textura que lo recubre y la luz como recurso que les da vida, creando así tejidos orgánicos que brillan en la oscuridad. Observar sus obras despierta la sospecha sobre su ontología ¿corresponden a observaciones microscópicas? o ¿son avistamientos macroscópicos del fondo del océano o de las profundidades del espacio? Sin importar la respuesta, se abre la posibilidad de la ficción.

En este entramado de gestos y operaciones, mientras Simonian articula la infraestructura del cuidado y Antún trae el diagnóstico como imagen sensible, Molinari le da vida a los seres que se someten o se someterán a ello. Se conforma así un sistema que crea un entorno posible de ser habitado en esas fronteras. Un medio incierto pero latente, listo para incorporarse al estadío inicial de un futuro desafiante.

Al acceder a la sala, las obras de Leila Simonian, Renata Molinari y Yasmín Antún articulan una reflexión pragmática sobre el concepto de lo orgánico y sus límites desde perspectivas complementarias.

Simonian reduce cuerpos a un sistema de operaciones casi industriales, para explorar cómo la experiencia humana se construye a partir de intimidades que exceden el yugo anatómico, a través de un lenguaje visual accesible, por momentos reminiscente a un body-horror deconstruido. Molinari evoca cruces entre lo vegetal y lo animal a través de organismos fantásticos que desafían todo anclaje, con esculturas que juegan con la confusión que generan en torno a su escala, presentando morfologías fictas que impiden dimensionarlas en nuestro plano orgánico. Por último, Antún dispersa figuras metálicas y piezas humorísticas que hibridan lo humano con lo animal, conformando una propuesta conjunta que desdibuja los límites anatómicos y cuestiona la percepción de nuestra propia naturaleza.

La exhibición invita al espectador a un ecosistema foráneo, en donde lo biológico no es un límite estático, sino un territorio en constante proceso de reconfiguración.

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