Primera Trienal Arte Argentino – Amor, Horror y Substancia

Departamento 112 presenta por primera vez obras de su colección, en diálogo con artistas invitados, con la curaduría de Mónica Heller

“Primera Trienal de Arte Argentino: Amor, horror y substancia” se trata de una exposición colectiva que reunió producciones recientes de artistas de diferentes generaciones y recorridos, ofreciendo una aproximación al arte contemporáneo a partir de coordenadas parciales de una producción artística situada. La curaduría estuvo a cargo de la artista visual Mónica Heller (1975, Buenos Aires), quien es reconocida por un trabajo que se despliega entre la animación 2D y 3D, la pintura, la instalación y la narrativa experimental. A través de una práctica multidisciplinaria y con enfoque autodidacta, construye escenarios surrealistas y absurdos, que oscilan entre lo cómico, lo inquietante y lo existencial.

Partiendo de la idea de un espejo que devuelve una imagen “no capturada”, temporal y cambiante, el texto curatorial nos pide pensar en el arte y la idea de representación como instancia mediada, donde aquello que aparece nunca lo hace de forma directa.

Resulta casi inevitable encontrar en el recorte de obras una mirada que señala y rescata elementos clave de sus propias obsesiones visuales. Trasladando parte de su imaginario a su faceta como curadora, Heller invoca elementos que nos remontan a un universo habitado por seres antropomórficos y objetos vivientes, donde la persistente extrañeza en lo cotidiano puede usarse como herramienta crítica sobre la actualidad.

Sin pretender identificar una forma de representación nacional, el conjunto de obras deja ver indicios de cómo lo argentino puede aparecer, a través de una constelación de asociaciones sobre sus condiciones materiales y afectivas.

Dice en el texto de sala:

A partir de la invitación de Departamento 112 a curar la Primera Trienal de Arte Argentino (y mi primera curaduría), volvió a mí la pregunta: ¿a qué llamamos arte argentino? Un término tan amplio como artistas y obras que han surgido en este territorio. Cómo, entonces, caracterizar la producción nacional, como pensarla o, acaso, tematizarla. Les artistas, cuando hacemos arte, no estamos pensando, en general, en la representación nacional o en cuánto representamos con nuestras obras a la Argentina; esta es una idea que viene más de la mano de las instituciones, de las bienales o de las curadurías. Sin embargo, la argentinidad aparece, porque sí, porque este amplio y particular territorio de cultura e historia nos interpela. Aparece en los modos de hacer, aparece en la elección de las materialidades, en los temas y en las formas que, de una u otra manera, nos atraen como artistas y, finalmente, caracterizan la producción del arte que hacemos. Pero esta caracterización es siempre fragmentaria: son pistas que señalan relaciones donde la idea de una conexión con la argentinidad asoma, coordenadas de algo más amplio y complejo.

Podemos rastrear estas coordenadas en el fanzine diseñado por la curadora, donde extiende el registro de las salas con imágenes externas y nos cuenta anécdotas y datos curiosos provenientes de conversaciones con algunos de los artistas. En el intercambio, los tres ejes planteados emergen como fuerzas que atraviesan tanto las prácticas como las condiciones en las que estas se desarrollan, remitiendo a un sustrato contradictorio y, en ocasiones, inquietante.

Hojeando estos recortes, el presente emerge como un conjunto de manifestaciones y recurrencias:

…se ofrece este conjunto de obras que presentan relaciones con diversas materias que hacen referencia a substancias alimenticias, tóxicas, narcóticas, embriagantes, problemáticas, adictivas o peligrosas. Desperdicios preciosos, representaciones como siluetas o sombras, miradas que se multiplican, substancias que se transforman.

Imaginarios que exceden su materialidad y materialidades que desbordan la representación. Todas ellas, de una u otra manera, presentes en estas prácticas artísticas junto a sentimientos e historias que atraviesan y desbordan esta tambaleante argentinidad.

Esta condición no construye un discurso explícito, pero se vuelve visible en ciertas relaciones dentro de la sala. Entre las imágenes más pregnantes, toman centralidad dos sillas de madera atravesadas por una banda celeste y blanca, “las sillas presidenciales”. Como en un encuentro casi protocolar, la obra de Raúl Salibi aparece enfrentada a una serie de pinturas de vasos de Pedro Grecco.

Contemplando ese horizonte de objetos comunes, resuenan preguntas sobre el consumo y el abandono mientras, entre dos vitrinas que custodian objetos extraños, se desparrama por el piso una figura silenciosa y oscura con un puñal clavado en la espalda. Sin embargo, una placa dorada colocada en el frente de las sillas lleva la inscripción: “Todxs estamos bien, todxs estaremos bien, todxs siempre estuvimos bien”.

Entre obras que plantean contradicciones semióticas, subversiones y alquimias materiales, la relación entre amor y horror adquiere consistencia. Lejos de funcionar como opuestos, ambos términos parecen describir una misma experiencia. Por un lado, una insistencia en producir, en sostener prácticas y generar vínculos; por otro, una conciencia desencantada por las condiciones que atraviesan ese hacer: precariedad, desgaste, tensiones estructurales.

Asumiendo el carácter casi delirante de proyectar una continuidad a tres años en un contexto bastante precario para el arte, la Trienal se inscribe dentro de una línea de trabajo que la galería Departamento 112 viene sosteniendo desde sus inicios. A través de distintos formatos, el proyecto impulsado por Hans Petersen apuesta a la producción local emergente, generando instancias de exhibición y desarrollo. En conversación, Heller señalaba la intención de “contrarrestar el horror con amor, la incertidumbre con una forma de esperanza”.

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