Espíritu Bonino

Jorge Bonino en diálogo con obras de amigos y artistas contemporáneos en la Colección Amalita, con la curaduría de Sofía Torres Kosiba.

No es muy difícil pecar de porteñocentrismo al analizar las obras, sucesos y protagonistas que definen la historia del arte contemporáneo en la Argentina. Buenos Aires, la «Cabeza de Goliat», concentra la mayor parte de las instituciones de investigación y promoción de las artes, además de la mayor densidad de profesionales dedicados al sector.

Esta coyuntura, reflejo de un país que siempre se pretendió federal pero nunca se tomó la molestia de trascender la intención, impacta tanto en el público llano como en el especializado. Hay una vasta genealogía de artistas, colectivos y experiencias estéticas de provincias que, debido a una acotada circulación por los circuitos de legitimación porteños, permanecen como notas al pie del relato oficial.

El resultado de todo esto es el desconocimiento de figuras radicales dentro de las vanguardias locales. Como claro ejemplo, tenemos el muy modesto reconocimiento al prolífico corpus de Jorge Bonino; gran estandarte cordobés de la performance, quien merece muchísimo más.

Arquitecto, actor, humorista y artista conceptual, nace en Villa María en 1935 y desarrolla una obra ecléctica signada por la experimentación lingüística y la bohemia juglar. Es presentado al Di Tella por la actriz Marilú Marini, donde alcanzó el éxito durante los 60. Desarrolló una intensa actividad teatral en Europa e incursionó en el cine de la mano de Marta Minujín y Leopoldo Torre Nilsson. En 1980, bajo premisas que algunos consideran cuestionables, es internado en el hospital psiquiátrico Dr. Emilio Vidal Abal de la localidad de Oliva, Córdoba. En 1990, fallece tras un supuesto suicidio, situación aun sin esclarecer.

En exhibición, Espíritu Bonino en la Colección Amalita expande la apuesta iniciada el año pasado en la exhibición homónima que hospedó la Casa de Córdoba: amplíar el foco de sus experimentaciones fonéticas hacia su producción física, históricamente marginada. Pinturas, tapices y piezas objetuales aparecen hoy para desplazar la noción de una obra netamente inmaterial, recuperada a través de lo que la curadora denomina una “arqueología de los afectos”.

Al respecto, nos comenta la asistente curatorial, Olivia Azpiazu:

Lo que vemos acá no es solo el trabajo de Sofía Torres Kosiba como artista e investigadora, sino el trabajo de todos los amigos y colegas de Jorge Bonino que fueron guardando estas obras por amor, por el afecto y por el hecho de haber compartido parte de su vida con él.

En la Casa de Córdoba se había montado una vitrina bastante pequeña para la cual Delia Sanmarti y Armando Ruiz habían prestado fotos; acá se pudo ampliar. Se incluyó registro de los afiches de Performance, los catálogos que se entregaban, recortes de diarios y videos de sus propios amigos hablando de él. Para mí es clave para el relato de Jorge Bonino que estén esas personas hablando, ya que él no está.

También sumamos unas piezas a préstamo de Juan José Cambre (tres acuarelas, un dibujo y una carta) que él tiene colgadas en la cocina de su casa. También un chaleco que Jorge Bonino le tejió a Teresa Ruiz, la hija de Armando Ruiz y Delia Sanmarti, y que se lo regaló para su cumpleaños de trece años: hoy ya es una mujer grande ahora y todavía lo sigue guardando.

En sala, la presencia de figuras históricas como Marta Minujín, Roberto Jacoby y Lolo Amengual se cruza con las producciones de Delia Sanmartí y Armando Ruiz, así como se proyecta hacia la contemporaneidad con nombres como Matías Factorovich, Zoe Di Rienzo, Inés Efron, Catalina Ramallo y Rodri Moraes, entre otros.

Muchos de estos artistas, que no estuvieron presentes en la exhibición del año pasado, exponen cómo la muestra niega limitarse al archivo, sino que proyecta continuidad. La curadora Sofía Torres Kosiba identifica una escuela informal de artistas contemporáneos que, a veces sin conocerlo, operan bajo la misma premisa: la práctica artística como una forma de existencia radical.

En relación a esta expansión de contenido, nos comenta una vez más Olivia Azpiazu:

El espacio de la Casa de Córdoba es hermoso, pero tiene un público más específico y reducido. En la colección Amalita, por cuestiones de espacio, le permitieron a Sofía Torres Kosiba armar programas públicos importantes: funciones de títeres, performances y proyecciones de películas. Es un sueño que te dejen expandir tanto la exhibición y que no se corte en la inauguración.

A partir de la primera iteración de Espíritu Bonino, apareció gente que se acercó para decir: «yo tengo estas fotografías» o «tengo este relato». En esta segunda instancia de investigación se ve cómo el proyecto curatorial va creciendo y robusteciéndose más allá de su investigación inicial de ir a casas a entrevistar personas y revisar archivos. El siguiente paso será en un teatro en Córdoba, con un ciclo teatral tan ecléctico como lo supo ser el artista.

En síntesis, acá no se busca trazar una genealogía directa ni académica, sino que se plantea una herencia estética no sistematizada: un espíritu de resistencia y libertad que Bonino inauguró. La muestra es, en definitiva, un acto de justicia. Jorge Bonino ya no es solo una anécdota de la vanguardia de los años sesenta, sino un eje vivo que sigue articulando la producción artística de hoy.

Como parte del ímpetu creativo bonines, la curadora Sofía Torres Kosiba no escribió un texto de sala, sino que presentó una canción que acompaña el recorrido en sala.

La misma se puede escuchar acá.

Compartir WhatsApp X Facebook

Descubre más desde Revista Bruna

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo