El Proyecto María Luisa Manassero presenta en Galería La Pipa la primera exposición póstuma de la artista. La muestra se despliega en dos salas a través de dos propuestas curatoriales: El peso del despegue, en planta baja, y Una historia que todavía…, en el subsuelo. En ambas pueden identificarse motivos que atraviesan todo el universo poético de María Luisa.
Para quienes todavía no la conocen, María Luisa Manassero (Buenos Aires, 1929–2019) fue una destacada artista plástica argentina. Se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano, en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. Estudió con maestros de la talla de Héctor Cartier, Inés Far, Antonio Pujia y Don Pedro Fontañez. En los años setenta abrió un taller-escuela donde dictó clases de dibujo, historia del arte, escultura y composición. Desde 1974 realizó exposiciones individuales y participó de muestras en galerías, museos y ferias, tanto nacionales como internacionales, así como en la VI Bienal Iberoamericana de Arte.
El peso del despegue reúne un conjunto de obras realizadas durante la última década de su producción, entre finales de los años ochenta y principios de los dos mil. Son, además, las obras con las que convivió Olivia Azpiazu, curadora, artista y nieta de Manassero, cuando la visitaba en su casa-taller. La selección no responde únicamente a una cuestión cronológica, sino también a una experiencia íntima con la obra.
Azpiazu explica que el proyecto comenzó hace varios años, a partir de la investigación y la búsqueda de obras de María Luisa. “Siempre estuvo presente la pregunta de por dónde empezar a mostrar una trayectoria tan extensa. Tenemos obras fechadas desde 1949, aunque la mayoría corresponden a las décadas de los 60, 70 y 80”.
Dice el texto de sala escrito por Olivia Azpiazu:
María Luisa Manassero (1929 – 2019) recorrió el camino que durante buena parte del siglo XX parecía esperarse de una artista, haciendo su trayectoria académica y a su vez complementando su formación con maestros. Desde el comienzo, sus trabajos cautivaron la escena de galerías porteñas en su momento. En una entrevista para el diario La Opinión (1979) realizada por Alfredo Andrés, él habla de su producción de la siguiente manera: “Las esculturas y los dibujos (…) de la artista argentina, se caracterizan siempre por una exquisita realización, al servicio de una imagen profundamente comunicativa. (…) una de las más brillantes de su generación, sin lugar a dudas.”
Durante años sus obras eran reconocibles no sólo por su excelencia técnica sino también por su figuración que supo asumir rasgos realistas como surrealistas. “Hagámosle justicia. M.L. Manassero es una excelente dibujante, una artista comprometida consigo misma y con su arte”, decía una nota para La Nación en 1983. Sin embargo, a finales de los años ochenta, se disuelve esa obsesión técnica por demostrar el oficio y por sostener el refinamiento académico que había caracterizado gran parte de su trayectoria hasta el momento. Todo ese conocimiento permanece, pero deja de ocupar el centro.
La pintura, el dibujo, el collage y la cerámica comienzan a yuxtaponerse con una intensidad atrevida y renovada. El gesto se vuelve más abierto, la materia más presente y las imágenes más punzantes, se despliega su momento de mayor libertad. Sus preocupaciones políticas, presentes desde mucho antes, encuentran aquí una forma más explícita y directa. El sometimiento, la violencia, las relaciones de poder y los mandatos aparecen de manera frontal, desde un lugar profundamente autobiográfico. María Luisa vuelve una y otra vez sobre los mismos temas, como si la obra fuera el lugar donde su vida pudiera seguir pensándose. En sus últimos años encuentra una soltura personal y artística que la deja producir sin la necesidad de demostrar nada, de volver sobre las propias obsesiones con la seguridad de haber encontrado un estilo propio.
“Como puente de comunicación usé el lenguaje figurativo. Recurro a un lenguaje simple, casi obvio, conscientemente. Deseo suprimir la menor distancia que se interponga entre mi trabajo y el espectador. La crisis del mundo actual nos involucra a todos y es por eso por lo que nadie debe quedar ajeno al juego de la verdad. Dejo toda especulación lingüística o conceptual para el laboratorio o el taller”, dice la artista en el catálogo de la exposición en Galería Centoira, Homenaje a Alfred Jarry en 1984.
La selección de obras reunidas para El peso del despegue no responden únicamente a un orden cronológico sino más bien a cómo las organizó ella en su propia casa. María Luisa Manassero vive sus últimos años en el barrio de Colegiales, en un espacio muy peculiar, una ex fábrica de ladrillos reciclada bajo su diseño. Luego de atravesar un largo pasillo, se accede a la parte principal de su casa; un galpón de planta libre. Las paredes son rojas y color mostaza. Su living y comedor funcionan como la antesala de su taller y a la vez el gran escaparate de su obrar. Ese espacio oficia como un reflejo de ella misma: independiente, atrevida, decidida y expansiva.
Desde que empecé con la investigación y organización de las obras de mi abuela, me pregunté por dónde empezar a mostrarlas. Podría haber empezado desde su principio pero decidí hacerlo desde el mío, que a la vez es su final. El recorte que reúne esta muestra se conforma de las primeras obras con las que conviví en cada visita a su casa y taller y fue la primera impresión que tuve de su trabajo como artista. Confío en que puede ser una forma de aproximarse a ella.
El título de esta muestra se desprende de un dibujo presente en la sala, El despegue; como así también de un símbolo que encuentra e insiste durante este momento: fragmentos de cuerpos suspendidos y miembros pesados que, sin embargo, parecen flotar. En esa paradoja encontré una forma de leer este período. El peso deja de ser un obstáculo para convertirse en impulso.
Esta primera muestra póstuma no pretende ofrecer una lectura definitiva sobre María Luisa Manassero. Es, simplemente, una invitación a empezar por el mismo lugar donde empezó mi mirada. Mi principio. Su final.
Dialogando con las restauradoras y las curadoras con las que fui trabajando, apareció la idea de confiar en cómo yo había entrado a su producción. “Antes de investigarla, María Luisa Manassero siempre había sido para mí este cuerpo de obra”.
La selección, además, permite observar una etapa en la que su formación academicista comienza a desarmarse para dar lugar a una producción volcada a la expresión, las líneas abiertas y la crítica social cada vez más honesta y sin tapujos.
En este período, Manassero se mueve entre múltiples lenguajes, desde la escultura hasta la pintura figurativa y abstracta, el dibujo y el collage. El conjunto evidencia nuevas búsquedas compositivas y materiales pero, al mismo tiempo, permite reconocer algunos motivos que atraviesan todo su trabajo.
Por ejemplo, uno de los símbolos recurrentes es la casa. Aparece primero como un lugar de encierro y opresión, como una pregunta acerca del lugar que le corresponde ocupar a la mujer. Luego, hacia el final de su vida, la casa se transforma: es el lugar desde donde se puede trabajar, enseñar y producir. El mismo espacio que funciona como límite se convierte también en espacio de libertad.
María Luisa, además de desarrollar su obra, se dedicó muchos años a la docencia.
Las curadoras señalan que «fue una mujer que pensó la carrera artística más allá de la producción». Una pregunta central fue cómo sostener esa vida.
¿Cómo sostenerla en el tiempo, poder tener una casa y alimentar a una familia?
Se estima que en su escuela-casa-taller llegó a tener alrededor de 250 alumnos entre las distintas materias y profesores. Armó su pequeño imperio.
Este proyecto le permitió construir una estructura propia dentro del campo artístico en el que las posibilidades de profesionalización para una mujer eran mucho más limitadas que en la actualidad. Es especialmente destacable su agudeza para entender la necesidad de generar las condiciones materiales para mantener una vida vinculada al arte y poder tener un lugar propio como mujer y como artista.
En esta primera sala encontramos imágenes de violencia explícita y brutal. Pero esa brutalidad no debe pensarse únicamente desde el tema, pues también está en la técnica, en el gesto y en la materia. Situadas en su contexto histórico, estas obras pueden leerse como parte de la tendencia a volver al expresionismo que atraviesa los años posteriores a la recuperación de la democracia.
Durante la última dictadura, la artista había desarrollado una obra en la que el horror aparecía de manera más indirecta o cautelosa. La violencia estaba allí, pero también la necesidad de protegerse. Con el retorno de la democracia, aquello que había permanecido contenido pudo emerger de manera más frontal. El sufrimiento, los horrores de los años anteriores y las consecuencias sociales y políticas de ese período encontraron nuevas formas de representación.
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El título de la exposición presentada en la otra sala proviene de la última obra que cierra el recorrido de El peso del despegue, donde se encuentra inscrita la frase “Una historia que todavía”.
La muestra del subsuelo surge a partir del hallazgo, en la Colección Miguens, de un plano realizado por la propia María Luisa en el que proyectaba una exposición finalmente presentada en 1984 en Galería Centoira, bajo el título Historias negras, historias rosas. Ese documento permitió reconstruir la planificación original, recuperar los títulos y las anotaciones realizadas por la artista e identificar los dibujos que la integraron para volver a reunirlos en esta ocasión.
Lucía Ramundo nos explica que “la idea era dedicar este espacio a la revisión del archivo dentro del Proyecto Manassero. El desafío era encontrar una forma de exhibirlo y de que se transmita su importancia. La posibilidad de recrear una muestra concebida por la propia María Luisa resolvió esa búsqueda. Aunque hubo que hacer un recorte por cuestiones de espacio, la reconstrucción recupera el modo en que ella había pensado ese montaje y ofrece una manera muy completa de acercarse a su archivo”.
Dice el texto de sala escrito por Antonella Bonanata y Lucia Ramundo:
Durante su vida profesional, María Luisa Manassero hizo la tarea que muchos otros artistas también realizaban: se dedicó a acumular y cuidar toda esa documentación vinculada a sus trabajos, proyectos y dichos. La tarea silenciosa de guardar una vida. Este trabajo en voz baja, y casi en secreto, concluyó en cajas y cajas de papeles, recortes, fotografías y bocetos que, al día de hoy, siguen cargando con su perfume.
Una cuestión de destino, azar o de coincidencia, reúne el recorte de obras de esta exposición. Es así que, casi mágicamente, apareció una historia que todavía no fue leída. Un boceto de una exposición que se asomó por demás en una pila de otros papeles, dando a entender su deseo de volver a ser; llegando a las manos de un coleccionista atento a la importancia de los documentos. Se trataba de dos hojas a puño y letra de un proyecto que la artista realizó en una galería porteña, a partir de un conjunto de obras que hasta ahora parecían desconocidas o estar perdidas. Anotaciones que marcaban una coordenada imprecisa.
De aquella primera exposición de 1984 en Galería Centoira, quedaba solo registro de un catálogo. Las obras y el boceto llegarán después. Guardada en una carpeta, sin rastro alguno de su pasado, apareció una serie de dibujos en grafito, tinta y collage. Toda la rigurosidad y precisión en el trazo que caracterizó sus trabajos previos en lápiz, en esta serie sorpresa, empieza a soltarse. María Luisa continuó siendo fiel a su insistencia conceptual, al seguir con trabajos que sintetizaban los gritos de un momento. Es así como, las líneas que antes delimitaban las figuras, ahora se vuelven rayas, gestos rigurosos, sueltos y espontáneos.
Los trabajos acá reunidos se organizan a partir de una tensión irresuelta entre el rigor matemático y el caos emocional. En todos ellos convive una predeterminación junto a un impulso reprimido. El trazo cargado de gestualidad casi frenética, convive con planillas, cifras, grillas y recortes de diario, que conforman un vocabulario de ordenamiento orientado, paradójicamente, a contener lo inabarcable. Es la coexistencia entre cálculo y desborde. En cierta forma, coincide en este período la apertura introspectiva de la artista con un proceso de denuncia que puede leerse replegado en toda su producción, y que aquí toma una dimensión literal; sin trabas de tiempo y con libertad de oficio. “Invadí el papel con gestos libres, anulando toda representación de carácter técnico. Vivo con verdadera alegría mi propia ‘desestructuración’”, decía María Luisa para esa época. Pero esta cita nos hace preguntarnos si a lo que se refiere es a una falsa modestia o un intento desesperado por maquillar su autoexigencia; basta con prestar atención al refinamiento técnico de la cara de El numérico.
Toda organización del presente dispone una relación con el porvenir. Como dijo Daniel Link: “El archivo dice más que lo previsto, puede llegar a decir cosas que mi memoria ya ha olvidado y mi memoria puede llegar a decir cosas que la institución ha preferido olvidar”. En ese trabajo sigiloso, aparecen secuencias y decisiones que la artista dejó organizadas como una forma de aproximación a su propia producción. Las pistas que permanecen en sus anotaciones y en sus obras abren un recorrido donde aquello que fue pensado en otro momento encuentra nuevas posibilidades de aparecer. Quizá todo lo anterior pueda reducirse o reunirse en la dimensión mágica de los archivos. Esa sorpresa que se asoma, y que sólo toma cuerpo cuando se está atento a lo que los documentos buscan decir. Una historia que todavía… se inscribe en esa apertura.
En aquella exposición, Historias rosas estaba conformada por dibujos en lápiz de color, mientras que Historias negras reunía una serie de dibujos en tinta y grafito con intervenciones en collage realizados en 1984. De esta última serie se presentan ahora ocho de los veintiún dibujos que la integraban, de los cuales se conservan veinte. En ellas se profundizan algunas de las búsquedas técnicas y temáticas presentes en la sala de arriba. La crítica política es punzante y adquiere una relación explícita con el contexto económico de la posdictadura argentina. Además, el abuso de poder y la crueldad ejercida por los sectores dominantes, preocupaciones presentes desde hacía años en su producción, encuentran aquí una formulación más específica. La artista construye un universo simbólico de cuentas absurdas, trazos frenéticos y papeles desordenados, atravesado por la tensión y la incertidumbre.
La crisis, el hambre y la desolación se representan con una estética muy propia del momento y de su grupo social, sin dejar de ser fiel a su estilo. Va de lo social a lo íntimo, de la dimensión autobiográfica a la situación nacional y mundial.
La obra de María Luisa dialoga claramente con nuestro presente. Al conversar señalamos, por ejemplo, que en uno de los collages aparece un recorte de diario donde se menciona a Thatcher y ahora tenemos a un presidente que la reivindica; refiere también que “los yankees están, como siempre pero con más fuerza, dominando América Latina; la crisis y el no llegar a fin de mes son cosas de todos los días”.
La actualidad de estas obras, sin embargo, no depende solamente de lo cíclico de la historia. Las preguntas, la tensión, el poder, la violencia, la soledad y las relaciones humanas continúan funcionando como elementos abiertos, capaces de producir nuevas lecturas.
Esta exposición hace posible que su obra vuelva a circular y pueda establecer nuevas relaciones con quienes la miran hoy.
Las obras hablan por sí solas, no necesitan que nadie las reivindique. Se trata de ofrecer las cuatro paredes.
Tenemos una artista que trabajó desde su propio tiempo y que, sin embargo, trae al presente problemas que todavía reconocemos.
…
El Proyecto María Luisa Manassero tiene como misión cuidar, investigar y difundir el archivo y legado de la artista visual argentina. Con ese propósito, desde 2023 lleva adelante un trabajo de restauración, preservación, relevamiento y catalogación de sus obras, junto con la documentación que la propia artista produjo y conservó a lo largo de su trayectoria profesional.
Con sede en un espacio acondicionado de la que fuera su casa, en la calle Palpa, el Proyecto reúne actualmente más de setecientas obras y documentos clasificados. En la actualidad, se continúan desarrollando tareas de divulgación, rastreo e investigación de la trayectoria de la artista, promoviendo también el acceso público al acervo mediante visitas con cita previa.




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