Un ojito, dos ojitos, tres ojitos

Silvina Sícoli en Galería Selvanegra, con curaduría de Sofía Dourron.

Silvina Sícoli (Buenos Aires, 1967) es una artista argentina egresada de la carrera de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde ejerció la docencia en materias de diseño y medios expresivos. Se formó en pintura en la Iowa School of Arts (Estados Unidos), donde fue docente asistente en dibujo y pintura, obtuvo la beca Len Everett y completó su maestría en pintura; luego realizó un máster de Arte en la HBK Braunschweig (Alemania), en la cátedra del artista Walter Dahn, con quien colaboró en proyectos, muestras y ediciones. Su producción fue seleccionada como finalista del 13º Premio Itaú a las Artes Visuales (2022) y del Salón Nacional de Artes Visuales (2023).

Su biografía está atravesada por la construcción de espacios: fue artista y colaboradora de Belleza y Felicidad junto a Fernanda Laguna, y en 2017 fundó junto a Josefina Sícoli la galería Selvanegra, el espacio que hoy aloja su nueva muestra individual. Entre sus muestras más recientes figuran Grupo de estudio sobre la ternura (el Local, CABA, 2025), A mí tampoco (Selvanegra, 2024), Piel Galaxia (CCEC, Córdoba, 2023), Reloj Araña (Museo de las Mujeres, Córdoba, 2021) y Semejante a Unx (Selvanegra, 2019).

En exhibición, Un ojito, dos ojitos, tres ojitos adopta como título la cadencia de una enumeración infantil, recurso que desplaza la pregunta por qué se mira hacia la pregunta por cuántas veces y desde dónde. La curaduría de Sofía Dourron, licenciada y magíster en Historia del Arte Latinoamericano, propone leer el conjunto de pinturas y objetos a partir de un motivo recurrente: el triángulo y su desdoblamiento en rombo.

Ese motivo no funciona como unidad modular. Cada aparición se aparta de la anterior en proporción, integridad o nitidez, de modo que la serie carece tanto de un origen como de una dirección. La repetición deja de entenderse como reproducción de un modelo para pensarse como el proceso mismo que concibe lo diverso. Las variaciones de Sícoli no remiten a un arquetipo del que serían copias degradadas: son instancias singulares cuya única regla común es la de no coincidir.

La operación adquiere mayor espesor si se la sitúa frente a la genealogía de la abstracción geométrica rioplatense. El arte concreto de mediados de los años cuarenta postulaba la geometría como un lenguaje autónomo, exacto y de vocación universal, mientras que Sícoli la somete a la contingencia del soporte y de su gesto: el triángulo pierde su condición de forma pura y se vuelve un signo vulnerable, expuesto al error y al accidente.

El registro en el que estas obras operan es el de la sensación antes que el de la representación. Sin referencias que orienten la interpretación, el color y la forma operan por afecto: quien recorre la sala no es interpelado como intérprete de un sentido oculto, sino como un cuerpo cuya percepción es reorganizada por la propia materia pictórica.

Dice el texto de sala:

En la obra de Silvina, los triángulos, muchas veces duplicados y convertidos en rombos, aparecen una y otra vez. No son todos iguales, a veces son parecidos pero un poco distintos, a veces están rotos, quebrados, evaporados, pero algunos son isósceles perfectos. Estos triángulos y sus formas compañeras parecen, por momentos, engendrarse unos a otros para producir una diferencia creadora que, sin embargo, no tiene un horizonte fijo. Sin la guía de una forma primigenia u original y sin representación alguna que nos oriente, lo que queda es una multiplicidad móvil y problemática, un caos donde el azar y las capas de pigmento chocan con los accidentes de la tela para evocar sensaciones, arremeter contra el sistema nervioso, reacomodar la retina, jugar a la unidad del todo.

Podemos quizás pensar esa unidad fantasmática y escurridiza como un diagrama cósmico imaginario: un nuevo orden que emerge desde el caos, una brújula rota para un futuro incierto. Si el triángulo nos empuja hacia lo uno, la diferencia afirma, en cambio, que el sentido y la sensación pueden ser siempre muchos. Alejados de la dualidad, se nos abren entonces caminos blandos, porosos y a veces enroscados, que nacen de un centro siempre descentrado.

Así, las pinturas y objetos de Silvina nos ayudan a mirar la multiplicidad con un ojito, con dos o con tres, dejándonos llevar más bien por los sentidos y los afectos de los colores y las formas que nos rodean, borroneando los límites de las cosas. Porque los contornos porosos de las imágenes se rompen y se escapan hacia el espacio de una tela rota, teñida, desteñida por el sol, recortada o rellena de vellón de lana; hacia el espacio de un marco que intenta contenerla sin lograrlo; hacia una sala blanca donde, como en el interior de cada pintura, las obras se conjugan en un pequeñísimo y sutil caos.

A través de esos movimiento, las obras instalan algunas dudas en el cuerpo: una leve desorientación producto de un horizonte desplazado y de un centro que no deja de moverse. ¿Cuál es nuestro lugar en el cosmos? ¿Cómo miramos hacia arriba si no sabemos dónde está el abajo? ¿Cómo avanzamos hacia un futuro sin saber dónde queda? Quizás no haga falta responder. Con la brújula rota y los ojos entornados, alcanza con seguir mirando, con dejar que un triángulo, y otro, y otro más, nos muestren que hay muchos modos de perderse.

En la obra de Sícoli, la geometría no cumple su función histórica de ordenar lo visible: multiplica en lugar de unificar, dispersa en lugar de fijar. Lo que Un ojito, dos ojitos, tres ojitos nos dice, es que ver con más ojos no implica ver con mayor claridad, sino admitir que ninguna mirada es suficiente para abarcar las posibilidades interpretativas de lo que tiene delante.

Un ojito, dos ojitos, tres ojitos, muestra individual de Silvina Sícoli con curaduría de Sofía Dourron, puede visitarse de octubre a diciembre de 2026 en Galería Selvanegra (Av. Córdoba 433, CABA).

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