Federico Cantini (1991, Rosario) es un artista argentino multidisciplinario formado en Bellas Artes en la Universidad Nacional de Rosario, que a lo largo de su carrera exhibió su obra en instituciones y galerías como el Moderno, el Museo Castagnino+macro, el Museo Histórico Provincial Julio Marc y PASTO, desempeñándose paralelamente como director del espacio Jamaica ATR Gallery. Su producción ha sido reconocida con el Premio Estímulo de la Cámara de Senadores de la Provincia de Santa Fe (2023), la Beca extraordinaria de la Fundación Oxenford (2020) y el Premio Estímulo a la Creación Artística del Fondo Nacional de las Artes (2018).
Su biografía está atravesada por una noción vital de construir comunidad en la intemperie; ética muy ligada a su proyecto Jamaica ATR Gallery, el icónico espacio de arte y gestión autónoma que dirigió y sostuvo durante siete años en Rosario. Lo que comenzó como un impulso que él mismo califica de «egoísta» para exhibir lo que deseaba ver, terminó transformándose en un nodo fundamental que habilitó diálogos y discusiones importantísimas tanto en la escena rosarina como en la nacional.
Sobre este proyecto, nos dice Federico Cantini:
[Jamaica ATR Gallery] fue algo mucho más grande que yo. Yo pagaba el alquiler, pintaba las paredes, barría, enceraba el piso, arreglaba los baños, e igual todo eso era una parte mínima de lo que pasaba. Jamás hubiese podido hacer solo todo lo que pasó ahí. Yo hacía mi parte, y de todo lo otro yo era un espectador fascinado.
Fue un momento en el que nos encontramos muchas personas que nos estábamos necesitando. Fue algo que me enriqueció mucho.
Llevamos unas muestras increíbles. ¡Muestrones! Yo flasheaba. Por ejemplo, con Mariela Scafati, montamos una muestra que venía de un museo de Francia en la fábrica. Armó una sola pintura que era inmensa: la mostró en el Macro, y después en el Museo Mar. Ese era el nivel de producciones que manejabamos.
El cierre de Jamaica ATR Gallery en pleno apogeo de legitimación institucional fue una decisión consciente para no quedar vinculado únicamente al rol de gestor y poder entregarse por completo a su práctica. Cantini entendió que era el momento justo para clausurar el proyecto sin dejar margen al error y resguardarlo. Hoy, reconoce que ambas facetas fueron parte de un mismo pulso creativo vital: «Para mí siempre fue todo lo mismo», afirma, asumiendo que «siempre [va] a estar haciendo cosas» y que actualmente siente que tiene lo mejor para dar desde su producción artística.
En exhibición, Desnudo y asustado en PASTO opera casi en simultáneo como retrospectiva y carta de presentación, al mostrar los motivos tan disímiles que conforman su corpus de obra. Las piezas tocayas Desnudo y asustado (sol) (2026) y Desnudo y asustado (casa) (2026) abordan sin concesiones la compleja intersección entre la sexualidad, el roleplay y la soledad más profunda. Esta serie, conformada por un sol radiante y la estructura de una casa, ambas íntegramente construidas con dildos tallados en madera, ponen en discusión el placer sexual y la estandarización del deseo como la cara más visible de un aislamiento crónico sobre el que pocos están dispuestos a conversar.
Esta operación abre una interpretación poética sobre la necesidad de amparo. Sintetiza el artista respecto a la materialidad de la vida y la obra que uno «construye su casa con el ladrillo que haya». Para Cantini, la edificación de este hogar contemporáneo no depende de estructuras arquitectónicas literales, sino de las redes afectivas que logran mantener a flote nuestra salud mental. Frente a un sistema precario, el refugio es el tejido de la experiencia ganada a fuerza de supervivencia. «[Cuando me refiero al material para] construir una casa, no me refiero al ladrillo», explica, «[sino] a lo que construís con tu familia, lo que construís con tus amistades, lo que construís con tus vínculos afectivos». Es esa narrativa propia, ensamblada con los retazos que el mundo ofrece, la que te mantiene vivo y te da un lugar a donde llegar todos los días.
En Suipacha 69 (2025), Cantini captura a través del óleo sobre tela una escena íntima y nocturna de la calle rosarina que titula la obra. Focalmente iluminada, la pintura retrata una postal del día a día (o quizas, «del noche a noche») en las inmediaciones de Jamaica ATR Gallery. Sus protagonistas son David (un vecino proveniente de una familia de transas, a quien el artista describe con empatía como alguien dulce pero atravesado por una dura marginalidad) y una mujer trans que lo acompaña en la calle. A través de este cuadro, el artista nos invita a una instancia de diálogo directo con ellos, construyendo un retrato crudo, sincero y cercano sobre las vidas vulnerables que habitaban la periferia inmediata del que fue su hogar artístico.
La muestra se completa técnica y formalmente con su filiación por los materiales pesados y tradicionales de la escultura, como la madera y el hierro. Destacan piezas de dimensiones considerables como Yo adivino el parpadeo, una inmensa lámpara con caños de tres metros de alto inspirada en proyectos públicos anteriores, o un imponente banco de fresno donde «cada espina está tallada» minuciosamente a mano.
Esta obra en madera, Invitación (2025), es una escultura surgida a raíz de un encargo del Museo Histórico Julio Marc, que le solicitó una obra vinculada a la Guerra del Chaco. Al investigar las dimensiones del conflicto bélico, Cantini imaginó las condiciones extremas a las que fueron sometidos los cuerpos de los combatientes.
Sobre su génesis, nos dice Federico Cantini:
Imaginate si estuviéramos nosotros teniendo esta charla en medio del desierto, sin tener ni dónde apoyar el culo, en un momento de espera y desesperanza. Cuando empecé a trabajar la escultura, me pensé a mí en esa guerra, como si fuera soldado sin lugar en el que descansar: por eso los pinches que tiene. Originalmente era una ronda donde sentarte, incómodo, a esperar y ver cómo se te pasa la vida en las trincheras de un desierto de mierda.
Esta escultura, hoy articulada espacialmente de otra manera, originalmente busca transmitir las sensaciones, miedos y cansancios de las víctimas de una situación tan terrible como tediosa: la guerra de trincheras y la quietud interminable, en la que los soldados esperaban su eventual muerte rodeados de un ecosistema hostil dominado por palos borrachos. Es el retrato de un reposo doloroso, intervenido por punzadas físicas, que sin embargo logra sostener la dignidad y la necesidad de la compañía mutua.
Para Federico Cantini, ocupar actualmente el espacio de una galería pivotal como PASTO supone una toma de conciencia del lugar que tiene en el entramado artístico local: siente una enorme responsabilidad por ser un artista que goza de la posibilidad de ser escuchado.
En relación a esto, nos dice:
En el futuro alguien se preguntará: ¿Cómo era el arte argentino en el 2026? Y si alguien le contesta que el arte argentino del 2026 fue una verga, siento que es porque yo no hice nada para que no lo fuera. Hoy yo tengo una muestra individual en Pasto, una de las galerías más importantes del país, y como artista de esta generación, asumo la responsabilidad de darlo todo. Después podré ser un infeliz en mi vida personal, pero en relación a mi compromiso con el arte me voy a dormir tranquilo.
Ahora, mi responsabilidad no está con los que te legitiman, sino con mis colegas y con quienes no pueden acceder al arte o crearlo. Hay una cuestión de clase muy fuerte en el mundo del arte, y a mi me encanta poder bajar el arte a lo más accesible – o mejor dicho, subir el arte a un público más amplio. Yo estoy seguro de que en ese aspecto no le debo nada a nadie, al único al que le debo todo es a mi sobrino. Yo quiero ser un artista como los que me cambiaron la vida a mí, de eso se trata construir la vida que uno quiere vivir: darlo todo todo el tiempo.
Con su labor estética como mayor y más honesta certeza, Federico Cantini reafirma constantemente la enorme potencia de su trabajo: la voluntad inclaudicable de exponerse desnudo, asustado y, sin embargo, construyendo un refugio para sí mismo así como para los demás.




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