Hay una hipótesis que atraviesa esta muestra antes incluso de entrar a la sala: que ninguna imagen vuelve intacta. Cinthia Rched con una serie de ramos de flores y Max Romero Almenar con bodegones desbordados; retoman un género que la modernidad redujo a lo decorativo y lo académico, y lo reactivan como superficie de tensión antes que como una simple cita a una temática. La curadora Ornella Costabile, propone leer esa reactivación a través de Bergson: el recuerdo no es la huella de lo que desapareció, sino aquello que persiste virtualmente y puede actualizarse. Una flor, entonces, no repite a las flores que la precedieron; las trae de vuelta al momento presente.
La pintura de Rched, artista chaqueña, nace de una restricción doméstica que se vuelve oportunidad: la utilización de un fondo de vidrio oscuro, que da a un balcón, genera matices de luces sumamente apetecibles para la observación de Cinthia, «Yo trabajo siempre al natural», nos cuenta. De noche, ese vidrio se vuelve un manto negro que refleja la luz artificial del interior, y contra él se recortan los ramos. El resultado es una pintura de impresionismo romántico y pop, cargada de óleo, con superposición de materia hasta volverse casi corpórea. Pero también, la muestra abraza una serie reciente de miniaturas en gouache, ramitos de flores de San Martín de los Andes montados en marquitos antiguos, de aire señorial pero en escala mínima. Entre las piezas hay una que la artista destaca especialmente: una composición de fondo negro armada junto a su amiga Wal Vargas, diseñadora y joyera chaqueña que trabaja con ikebana y bonsáis, y que terminó operando como una intervención casi escultórica dentro de la serie pictórica.
En palabras de Cinthia:
“Hay algo de un impresionismo romántico, medio pop, con una intención de representar un instante. Trabajo con modelo, y hay mucha satisfacción en el lenguaje mismo de la pintura: cómo se hace un color, una mancha, una forma, una luz. Ahí está la belleza que me interesa pintar.
Me parece que hay un barroco medio pop, medio argentino, rioplatense, algo que reconozco en los pintores de la Boca, y que tiene que ver con esta manera nuestra de pintar, de acá.
Es una obra muy sentimental, muy emocional, que alude a lo dramático y lo pasional. Hay espesor, mucho espesor en las pinturas: una carga de tiempo arriba de la pintura misma.»
Max Romero Almenar, artista tucumano, trabaja el bodegón a partir del desorden: frutas abiertas, objetos en movimiento, una escena que parece capturada en plena acción, con ecos de Fermín Eguía en la convivencia extrañada de una papa, un tenedor y una flor. Fue Chesa, directora de la galería, quien decidió poner a dialogar ambas obras sin que los artistas se conocieran previamente. La sala, íntegramente oscura, funciona como una caja negra: una iluminación diseñada especialmente para los cuadros que profundiza el contraste entre lo que está en luz y lo que permanece en sombra, y que cien por ciento amerita el tipo de obra: una pintura sentimental, emocional, que alude a lo pasional y lo dramático.
En palabras de Max:
“Las piezas que se exponen en Gascón son inéditas, exponentes de una etapa de mi proceso en la que siento que —después de años— pinto a conciencia.
El conjunto de pinturas se agrupa a partir de la composición aleatoria de poemas que reposan en los epígrafes. Estos ofician de trinchera donde ensayo la escritura cacofónica.
Es una propuesta bastante suelta y entregada al juego. Me permiten cautivar con sensualidades, desplegar poder, dialogar con la historia, invocar revueltas…etc.
Nacieron como un intento de burla de la pintura.”
Dice el texto curatorial:
Hay imágenes que sobreviven a su tiempo porque saben transformarse. Flores, jarrones y naturalezas muertas atraviesan siglos de pintura y reaparecen en las obras de Max Romero Almenar y Cinthia Rched sin funcionar como citas del pasado ni como ejercicios de recuperación. Lo que vuelve no es una forma intacta, sino una imagen capaz de adquirir, cada vez, una nueva existencia.
En las pinturas de Cinthia, las flores se agolpan, proliferan y desbordan el campo de la imagen hasta tensar los límites de su representación. El color y la materia dejan de describir para convertirse en la propia condición de lo visible: la flor ya no es solamente un motivo, sino una presencia que se expande, se acumula y parece exceder aquello que la contiene.
Max, por su parte, introduce el desorden precisamente donde el bodegón tradicional construyó equilibrio y medida. Frutas abiertas y objetos en movimiento componen una escena que parece capturada en plena acción. La naturaleza muerta deja así de ser una imagen detenida para convertirse en el registro de algo que todavía sucede. Incluso el marco, concebido históricamente para delimitar la obra, pierde aquí su función de frontera y participa de esa misma inestabilidad.
En ambas prácticas, se prolonga una genealogía visual que se remonta a la pintura flamenca. […] La naturaleza muerta no nació, entonces, como una imagen de la quietud. Nació de un desplazamiento.
Si un museo organiza la memoria al decidir qué merece ser conservado, produce también una determinada forma de duración. Esta exposición propone un museo efímero para un presente que se vuelve memoria: para aquello que permanece en el cambio. Así, la tradición no sobrevive porque haya quedado intacta, sino porque todavía puede transformarse.
El propio título de la muestra funciona como programa: un museo que es efímero —montado, desmontado, contingente a una sala y a una fecha— pero que organiza, aun así, una forma de permanencia. La genealogía que invoca el texto de Costabile remite al bodegón flamenco y, más tarde, al barroco holandés, donde la flor dejó de ser sólo motivo para volverse asunto de la pintura misma. Rched lo reconoce en su propio trabajo cuando lo describe como «un barroco medio pop», atravesado por algo que —dice— reconoce en la tradición de los pintores de La Boca: un barroco rioplatense, propio de «acá», que no cita el barroco europeo sino que lo reescribe con materiales, luz y una pincelada local.
Esa carga temporal es, para Rched, casi literal: «hay espesor, mucho espesor en las pinturas», y algo similar reconoce —sin haberlo conversado con él directamente— en los craquelados que aparecen por momentos en la obra de Romero Almenar, como si el tiempo de ejecución quedara depositado en la superficie. Es ahí donde el planteo curatorial y la materialidad de las dos obras terminan de coincidir: lo que se exhibe no es una escena detenida, sino el registro visible de un proceso que —como el recuerdo bergsoniano que organiza el texto de Costabile— sigue activo mientras se mira.
Museo efímero del presente que permanece puede verse en Galería Gascón, Buenos Aires.




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