Laura Códega (Campana, 1977) es una artista visual marcada por una constante subversión de los motivos, las creencias y los tabúes sociales, que utiliza su obra como una herramienta política para interrogar la historia y los lazos que nos unen. A través de una materialidad heterogénea, construye cosmogonías que tensionan lo cotidiano con lo maravilloso. Es miembro del colectivo Tótem Tabú y co-dirige la clínica de artistas ‘’El Jardín de las Delicias’’. Entre sus distinciones destacan el Premio Adquisición 8M del Palais de Glace(2022) y el Premio Klemm (2020).
El año pasado, tuvo una agenda marcada por varias exhibiciones en El Lobby, Galería Komuna y el Centro Cultural Recoleta. Hoy, su obra se encuentra exhibida en “Continente oscuro. Feminidad, disidencia y surrealismo en Argentina” en el MACBA, una muestra colectiva curada por Leandro Martínez Depietri.
Laura Códega: Yo siempre fui artista: desde chica produzco obra con mucha dedicación. Pero para mí, el arte no era algo que se estudiara. Yo entendía que si uno estudiaba en una universidad era para conseguir un trabajo. Veinte años atrás era más raro estudiar arte. Cuando me vine a Buenos Aires fue para estudiar algo “que se supone que se estudiaba” y por eso me terminé anotando en Periodismo en la USAL. Me recibí en el 2001, en plena crisis. Ni mis compañeros ni yo conseguíamos trabajo en ningún lado; nadie tenía ninguna esperanza. Mis amigas del secundario que habían estudiado otras cosas (economía, psicología, etc.) tampoco conseguían trabajo. Para mi generación, el ingreso al mundo profesional fue muy frustrante. No sabía bien qué hacer, no enganchaba ningún laburo. Terminé consiguiendo un trabajo como secretaria, que distaba bastante de aquello en lo que había decidido formarme.
A pesar de esta situación desahuciante, siempre me mantuve produciendo obras. En paralelo, mientras hacía Periodismo, empecé a cursar arte en la Pueyrredón. Por gusto propio, pero todavía sin pensar en dedicarme a eso. Todavía sentía que tenía que dedicarme a algo avalado por la sociedad. Quizás elegí el periodismo solo porque en mi casa se veía mucho noticiero. Pensaba que, quizás estudiando eso, mi mamá se iba a quedar tranquila. A través de la revista Ramona me mantenía informada de lo que sucedía en el circuito del arte, e iba a bastantes muestras. Cuando publicaron un programa de pasantías, sin pensarlo apliqué, y eventualmente me llamaron. Era un trabajo no remunerado, pero yo no especulaba con eso.
¿Tu experiencia en Ramona fue tu primer contacto formal con el mundo del arte?
Laura Códega: Trabajar en Ramona fue únicamente una excusa para vincularme con el arte. Todas las tareas que me daban eran obviamente periodísticas, ¡y lo que yo quería era hacer cualquier otra cosa! En ese momento, desde la revista se llevaba a cabo el proyecto «Bola de Nieve», que terminó siendo hospedado digitalmente por la Fundación Telefónica. Lo que yo hacía era llamar a los artistas que estaban listados y pedirles que nombraran a otros diez artistas, y así sucesivamente. A mí me daba una paja total, porque llamaba y nadie me daba pelota. Empecé a quedarme por ahí en la redacción sin hacer nada de lo que tenía que hacer, y si hacía algo, lo hacía pésimo. Para ser una buena periodista, tendría que haber tenido un talento que yo no tenía. Me acuerdo de que en un momento me mandaron a cubrir una nota a las 6 de la mañana, y les dije directamente: «No chicos, me matan».
Sin embargo, en lo social lo aproveché mucho. Conocí gente, iba a inauguraciones, y me empecé a divertir un montón. Estaba sorprendida con todo este entorno de personas que no sabía que existía. No eran solo artistas, sino arquitectos, curadores, galeristas, urbanistas, todos en torno al Proyecto Venus.
Proyecto Venus fue, quizás, la proa de la primera profundización de la comunicación digital en el mundo de las artes. ¿Creés que promovió la democratización del acceso al mismo?
Laura Códega: Proyecto Venus fue pionero en Argentina en generar una plataforma digital para artistas, que después se terminó replicando en distintas redes sociales. Antes no existían plataformas que te mostraran a dónde ir, dónde se movía la gente. Lamentablemente, cuando pude vincularme a ellos, el proyecto ya estaba llegando a su fin. Roberto Jacoby lo cerró al año siguiente. Quedó únicamente la Fundación START y con el tiempo se formó CIA, de la cual formé parte los primeros dos años.
Yo empecé a sentirme realmente parte de la escena de arte contemporáneo con el auge del Fotolog. Hay mucha gente del ámbito con la que al día de hoy tenemos muy presente que nos conocimos por ahí. Marcela Sinclair, Guido Yannito, Sebastián Mercado, Leo Estol, y muchos más. Una foto por día, en pleno furor de las camaritas digitales: cada Fotolog operaba de una manera temática y conceptual distinta. Yo no sacaba muchas fotos, pero hacía mucho collage digital de cosas que me encontraba. Era todo muy distinto en esa época. A nadie le interesaba mostrarse feliz, así como tampoco había una preocupación por lo políticamente correcto. Era muy auténtico. Fue muy enriquecedor para todos. Era una relación muy joven y nueva la de los artistas con internet. Y tan importante que, de hecho, se han llevado a sala impresiones de las fotos y textos que ahí subíamos.
La internet temprana te permitía adentrarte en vericuetos muy extraños y disímiles, algo que hoy es más raro porque está todo concentrado en una app que condiciona qué se ve y que no. Eventualmente, esa digitalidad terminó. Y fue reemplazada por otra cosa peor. Sucesivamente, fueron viniendo cosas cada vez peores. Sin ánimos de volverme pesimista, en ese momento había una mirada edificante de las redes, de que ahí se podía llegar a formar una sociedad mejor. Al menos nos sirvió para solidificar vínculos entre artistas, quizás de maneras poco convencionales.
Me acuerdo en esa época especialmente de Leo Estol, que estaba muy en boga por su obra y su trabajo sobre las raves. Él tenía un fotolog muy exitoso y todos le doraban la píldora: constantemente le comentaban “Leo, te amo”. La verdad es que yo quería llamar su atención. Tenía amigos muy enamorados de él y de su obra, y yo quería conocerlo. Y no iba a poder llamarle la atención chupándole las medias, así que lo provoqué. Y lo logré, ¡porque después nos hicimos amigos! Él había posteado algo romántico sobre el «espíritu de los setenta», y yo le dije: «Che, pero acá en Argentina eso no pasaba. No fueron nuestros setenta. No podés propagar la idea de que esto era así». Su comentario era inocente pero mi respuesta era maliciosa. Ese tipo de conversaciones, del disenso, terminó por desaparecer.
Ahora hay una aversión al conflicto que antes no existía. Como queda registro de todo, la gente tiene miedo al «carpetazo». ¿Crees que esta nueva manera de encarar el diálogo tiene consecuencias negativas?
Laura Códega: Hay un montón de museos a los que va mucha gente, pero si pensamos en las galerías o en espacios de exhibición más independientes, vamos siempre los mismos. Por un lado, hay un maniqueísmo implícito, un blanco y negro, izquierda y derecha, que imposibilitan la conversación. Por otro, una desidia generalizada en el nicho específico: es más importante caer bien que decir lo que uno piensa. Quizás por eso mismo, la idea del arte como herramienta ideológica y como potencial de cambio social ya no está muy presente. Es una idea que tuvimos los artistas por mucho tiempo, heredada de las vanguardias.
La verdad es que los artistas somos de alguna manera funcionales al sistema, como en su momento a la iglesia o al feudo. Pero a mí me cuesta asumir que, frente a todo lo que pase y a todo el esfuerzo que una pueda hacer, no va a cambiar nada. Creo que siempre hay que tener esperanza en la posibilidad de eso. Une se vuelve susceptible a esa crítica de ¿qué relevancia tiene?». Durante la época de la Guerra Civil Española, por ejemplo, los artistas dejaban el arte para alistarse en algún partido. Salvando las distancias, hay artistas que lo siguen haciendo. Pienso en Leandro Tartaglia, a quien conocí por Fotolog y ahora es subsecretario de cultura de Hurlingham. De alguna manera podría decirse que trabaja bajo la premisa del arte como un vehículo de cambio. Esta dificultad para encontrar un propósito transformador en el sistema actual me llevó a buscar respuestas en otros rumbos, aunque terminara sumergida en una serie de decisiones algo erráticas.
Por fuera de las artes plásticas, buscabas una salida laboral más concreta que te siga permitiendo el ejercicio creativo. ¿Acá surge tu idea de formarte en cine?
Laura Códega: Mi biografía es la historia de las malas decisiones: estudié cine en la ENERC porque tuve un novio cineasta que de alguna manera me metió en eso *jaja* . Y ya era grande: todos mis compañeritos tenían diez años menos que yo. Con una carrera terminada, me anoté por sentirme perdida en la vida. La realidad es que haciendo arte no lograba ganar un mango, aunque creo que es un problema que tienen todos en la Argentina. Me terminé anotando en Montaje porque, especulación total, me pareció más fácil entrar. Me gustaba la idea de operar sobre la narración y la edición en el cine.
Lo que no me gustaba para nada, y por lo cual dije «otra vez la pifié», es una cuestión estructural de cómo funciona ese trabajo. En ese ambiente había mucho «chabón»; pensá el equipo de montajistas como una extensión de un taller mecánico, por decirlo de alguna manera. Muchos machirulos que te trataban de pelotuda y, la verdad, yo era medio pelotuda. Los que “todavía no son nadie” arrancábamos bajando el material, nombrándolo, haciendo conversión de formatos, etc. Toda una cosa técnica en la que yo realmente no cazaba una. Sentía que no me daba la cabeza para hacer eso. Me recibí de montajista, pero volví a la incertidumbre que tenía al principio.
Y en medio de esa incertidumbre, llegó tu primera muestra, en el Centro Cultural Recoleta. ¿Fue un punto de inflexión?
Laura Códega: Esa fue mi primera muestra en Buenos Aires; antes tuve una en Campana, en la municipalidad. Algo que me aportó Ramona fue entender algo básico del sistema del arte: aplicar a todo. Esa muestra en el Recoleta fue porque me presenté al Fondo Metropolitano, y me dieron un subsidio que contemplaba una muestra colectiva. Ahí expuse con Andrés Aizicovich, Amaya Bouquet, Marcela Rapallo, Tatiana Sandoval y Claudia Facciolo. Al empezar a aplicar a cosas, empecé también a conocer gente. Empezás a tejer redes relacionales que son muy importantes en este medio. Siento que hasta hace no mucho las cosas sucedían de esa manera. No sé si podría afirmar que esto mismo sucede en la actualidad.
El año pasado, muchos años después de esta primera experiencia, volviste al Recoleta con “Un perfume de amor, sangre y nervios”, tu primera retrospectiva, curada por Carla Barbero. ¿Qué valor le das en relación a tu trayectoria?
Laura Códega: Esta muestra fue muy importante para mí y me terminó marcando el año. Era algo híbrido: si bien había obras de hace 20 años, de haber sido netamente una retrospectiva, el relato habría hecho más hincapié en las series y en mi forma de trabajar. Tuvo un guión curatorial fuerte de Carla Barbero y Javier Villa (al menos al principio, después termine trabajando más con Carla), con esta idea de hacer una especie de reparación histórica sobre mi cuerpo de trabajo.
La muestra se constituyó como retrospectiva, pero contando mi trabajo de forma sintética para que se entienda. Ellos encontraron un hilo que nuclea todo eso. Alguien tiene que tomarse el trabajo de hacerlo, porque yo entiendo lo que hago porque es mi trabajo. Obviamente quedaron varias cosas afuera, pero lo entiendo: ellos abordaron el perfil que creían necesario contar, un registro a posteridad de mi trabajo hasta ahora. No es el perfil con el que yo me hubiera presentado al mundo, pero trabajar con un curador es entender que las decisiones que toman tienen fundamentos y forman sentido.
Me llamó la atención la vinculación con los Artistas del Pueblo, y el diálogo que plantean entre tu obra y la de Abraham Vigo y Adolfo Bellocq. Te ubican como parte de cierta tradición insurrecta ¿Vos lo sentís así?
A: En la filiación con artistas del pasado, te vinculan con alguien que nunca lo hubieras imaginado. A mí siempre me interesaron los lenguajes de la disidencia política: mi abuelo era del partido socialista, encuentro ahí la principal afinidad. Siento que, en general, este tipo de trabajos termina por circunscribir al artista a una tradición específica, y los Artistas del Pueblo eran muy sofisticados, con una formación profusa, y en relación a eso me gustó verme representada.
Yo hubiera querido tener una muestra plenamente individual; que de repente me pongan en diálogo con obras de hace 100 años me hizo ruido al principio. Pero a mí me gusta dialogar, y ellos encontraron la manera de armar un diálogo expositivo donde me veo realmente implicada. Además, si lo pienso bien, creo que nadie necesita una retrospectiva plenamente individual a los 40 años; todavía tengo mucho trabajo por hacer.
La muestra me reencontró con la práctica de usar bananas como material, que hacía mucho había abandonado y terminaron siendo “un hit”. El público del Recoleta, que no es específico del circuito del arte, se enganchaba mucho con esas obras. La gente le preguntaba de todo a los trabajadores del espacio, lo que para mi es un logro. Mi expectativa es que mi obra sea popular, que le guste a mucha gente. Así que tuve que volver a trabajar con bananas; y de hecho, las llevé a México. A veces el interés del otro te condiciona: si algo funciona, hay que darle lugar. Allá pasó algo parecido: en una feria con más de 500 obras distintas, mucha gente se acercaba a preguntarme sobre cómo estaban hechas esas obras.
Estuviste en la CDMX Artweek, que hoy en día es casi una meca para el mercado latinoamericano de las artes. ¿Cómo te fue?
Laura Códega: La CDMX Artweek es un evento muy descentralizado en comparación a las ferias locales; tiene varias sedes por toda la ciudad. Yo estuve en Material, que estaba estallada de «gringos» con una estética muy de Los Ángeles. Hay una migración fuerte de estadounidenses hacia México por una cuestión de costos y de «onda», y eso se nota en la feria. Es una burbuja financiera global atravesada por el consumo y la exhibición de la propia imagen.
Siento que afuera el arte es mucho más académico: los artistas leen a teóricos del arte para producir arte, y utilizan operaciones de manual. En cambio, acá, la literatura y la poesía nutren las obras. El artista argentino lee mucha ficción, y eso genera operaciones más raras, más ruidosas, menos fáciles de digerir. Como no somos estrictamente académicos, hay algo del «capricho» o de la intuición que hace que la obra no venga prefabricada. En el mundo hay una banalidad asociada al arte que acá todavía no llegó.
En México, la postura decolonial es una institución, casi como una continuación del muralismo. Hay una reivindicación del patrimonio azteca o maya que se siente como bajada de línea universitaria. Hablando sin saber y buscando ser polémica: me parece un discurso forzado para quedar bien afuera, una especie de discurso promulgado por el estado. En Brasil, por ejemplo, veo algo más dinámico, enfocado en las desigualdades del ahora. Pero en México percibí esa necesidad de adecuarse a lo que el mercado espera de un artista latinoamericano. El arte es más interesante cuando no es predecible ni está pensado para su exportación.
Al contrario de México o Brasil, Argentina no tiene una marca país definida. Hay un interés particular en lo que no se vende fácil; una apreciación extrema por la autenticidad en detrimento del éxito comercial. ¿Eso es falta de ambición o es una particular manera de sobrevivir?
Laura Códega: El arte argentino tiene un sentido de preservación casi suicida. Existe el temor de que, si el público se amplía, la escena sucumba frente a las fuerzas de la homogeneización global. Esa resistencia lo mantiene replegado en comparación con los desarrollos de otros países. Existe una vertiente local que dialoga muy bien con el exterior porque adopta una estética modernista, casi cínica y tropicalizada, que resulta fácil de digerir globalmente. Sin embargo, el arte argentino más auténtico me parece tan radicalmente local que sostiene una postura de resistencia frente a la difusión masiva.
Entre los artistas argentinos con mayor éxito internacional hay algunos que adoptan discursos de moda que no siempre nacen de una pulsión autóctona. En nuestro país no hay un discurso artístico transversal que nos identifique frente a los demás actores globales. En ciudades como Tucumán o Rosario se desarrolla un arte más «autoerótico», donde el creador se regodea en su propia mirada bizarra del mundo. Es interesantísimo, pero esa singularidad es muy difícil de traducir hacia otros mercados.
En «El monolingüismo del otro«, Jacques Derrida habla sobre la imposibilidad de la traducción, que trata precisamente sobre cómo nos relacionamos con el «otro» y qué creemos que puede interesarle de lo que tenemos para decir. Una idea personal y subjetiva siempre es potente, pero lamentablemente creo que nuestro discurso local encuentra pocos interlocutores afuera. Como latinoamericana, me interesa el desafío de pensar qué puedo aportar a otros lenguajes desde mi lugar. No se trata de seguir una «bajada de línea» que condicione al artista o al público, sino de reconocer que todos estamos atravesados por este contexto. A veces en Argentina se intenta marcar una distancia con lo latinoamericano, pero compartimos el idioma y la condición. El ser latinoamericano es un discurso omnisciente a nuestra realidad; es la base desde la cual podemos proponer discusiones nuevas. Yo trato de enfocarme más en aquello que quiero decir en lugar de tratar de hacerme entender.
Hace ya varios años que formo parte del grupo Tótem Tabú con Malena Pizani y Hernan Soriano, y es, en esencia, una unidad de investigación. Ahí si abordamos esta cuestión del que se quiere decir y cómo el público lo lee. Somos un grupo que logró resistir al paso del tiempo y a las fricciones individuales para consolidar una voz común; una insistencia que nace de la convicción de tener algo que decir y de haber encontrado en el trabajo compartido el soporte discursivo necesario para sostenerlo.
¿Cómo sostienen un vínculo de tantos años frente a las tensiones naturales del trabajo grupal?
Laura Códega: Nosotros lo vivimos con una naturalidad casi lúdica, como chicos. A veces sentimos que hace dos horas que estamos hablando, cuando en realidad hace diez años que estamos trabajando juntos. No hay un plan estratégico detrás; simplemente sucede.
Todo surgió cuando conocí a Malena Pizani y conectamos enseguida. En ese momento, con Aurora Rosales teníamos la galería Metrónomo en el pasaje Obelisco Norte, en el subsuelo del subte y Male hizo una muestra ahí. Me encantaba charlar con ella y un día decidimos presentarnos a una convocatoria del Fondo Nacional de las Artes para hacer una muestra juntas. Se nos ocurrió que podíamos sumar a un curador y llamamos a Hernán Soriano. La química en la charla fue tan buena, que después de esa primera muestra dijimos: «¿por qué no proponemos algo más?». Teníamos el presentimiento de que cada proyecto que presentábamos funcionaba. Fue así, paso a paso, que de repente encontramos esa dinámica en donde las cosas simplemente no paraban de pasar.
Nuestra primera muestra se llamó Tótem Tabú y exploraba los tabúes de la sociedad en un sentido muy amplio: después se convirtió en el nombre de nuestro colectivo. Siempre volvimos a esa misma idea; un refinamiento constante de ese concepto original, pero sin intentar continuar lo anterior, sino que arrancamos de cero sobre el mismo tema. Lo que evita que nos aburramos es que siempre intentamos hacer lo mejor posible con un formato nuevo.
Además, nos llevamos muy bien: cada uno tiene una destreza específica, sabemos qué aportar y, fundamentalmente, sabemos cuándo soltar y dejar que el otro haga. Trabajar en grupo es una gran experiencia de aprendizaje sobre las relaciones humanas. El trabajo colectivo te exige tacto; te permite acceder a la obra desde un lugar donde el significado no depende de una sola persona, sino del diálogo. En ese intercambio siempre quedan «huecos» de entendimiento o cosas libradas al azar, y es precisamente ahí donde el público puede posicionarse y completar el sentido.Como todo surge del diálogo, terminamos abordando temas más amplios. Los tres nos permitimos tocar problemáticas que quizás no trataríamos desde nuestra individualidad: temas sociales o generales. Al ser dialogados, perdés el pudor y te animás a decir cosas que solo no dirías. Es un constante ejercicio dialéctico, donde el diálogo aporta algo nuevo y abre puertas que la soledad del taller difícilmente permite.










