Un rollo

Elisa Lutteral en Selvanegra Galería, con la curaduría de Leandro Martínez Depietri.

Elisa Lutteral (1992, Nueva York, E.E.U.U.) es una artista multidisciplinar argentino-estadounidense radicada en Brooklyn. Su práctica investiga las construcciones sociales y políticas en torno a las dinámicas de poder, el género y el territorio al utilizar el téxtil como un medio para explorar superficies, pieles y contornos. Es egresada de la Universidad de Buenos Aires (FADU) y posee un MFA en Textiles de Parsons School of Design (2023). En los últimos años participó en residencias artísticas en Japón, Alemania y Estados Unidos, así como muestras colectivas en Nueva York y Viena.

«Un rollo» es la primera muestra de Elisa en la Argentina, tras años de producción en los Estados Unidos. En sala, no nos encontramos con el resultado de un simple tránsito material; mientras que los tejidos fueron procesados en los laboratorios de Parsons, los soportes y el ensamblaje final fueron resueltos en Argentina. Marca también un tránsito temporal: simbólicamente es una condensación de su trabajo en los últimos años en participaciones internacionales. Esto último pone de manifiesto la tensión entre la precisión técnica y la resolución artesanal-industrial situada en el territorio nacional.

Dice el texto de sala:

Las manos de Elisa están entrenadas. Viene trabajando en el textil desde hace años, haciendo y deshaciendo, jugando con y contra sus lógicas. Podríamos pensar su práctica como un tanteo en la oscuridad digital del presente. Le interesa el contacto en sus dos direcciones: cómo una materia da forma a otra, sin distinción entre sujeto y objeto. Percibe cómo el cuerpo deja su forma en el sweater y cómo el sweater da forma a un cuerpo. 

Ese tanteo no ocurre en el vacío. Hoy el tacto se ha convertido en una nueva frontera. Con la vista y el oído saturados por el bombardeo cotidiano de estímulos, los gigantes tecnológicos investigan estrategias táctiles para cumplir su principal cometido: vender más y mejor. Todas las pantallas reciben el nombre de táctiles, pero el contacto que ofrecen es puramente superficial. Nos ponen en relación con el mundo únicamente a través de sus representaciones luminosas y siempre mediante una textura única —vidriosa, suave, plana y fría— tan lejana de los papeles porosos de las  enciclopedias, libros y cartas, o de los papeles brillantes y ligeramente pegajosos de las fotografías y las postales. Esa práctica cotidiana reduce la noción de lo táctil al tiempo que empobrece el conocimiento de nuestros dedos, que ganan destreza para teclados y pantallas mientras olvidan las sutilezas de la materia. 

Lo cierto es que las manos piensan. Toda la piel piensa, pero las manos lo hacen con mayor precisión. La robótica descubrió pronto que eran la parte más difícil de imitar y también una de las más importantes. Las manos distinguen temperatura, humedad, textura, masa, peso y volumen y toman decisiones rápidas. Ese saber no es abstracto: se forma en el contacto. Las manos aprenden tocando. Esas decisiones se expresan en movimientos mínimos y constantes: el ángulo cambia, los dedos se reordenan, la presión se modula. Así se aprende la diferencia entre agarrar un vaso de plástico o una copa de cristal, una botella transpirada, un papel de lija o un tornillo, una caja de libros o un ramo de flores, un helado chorreante o un caramelo derretido. La piel, entera, está atravesada por fibras sensibles que responden incluso a las caricias, capaces de detectar movimientos gentiles, lentos y concentrados. No sólo estamos hechos para manipular el mundo, sino también para sentirlo. 

Así, tanteando, Elisa se encuentra con el problema de la intimidad en el presente; detecta su ausencia palpable. ¿Existe el resguardo cuando exhibimos todo? Entiende que cuando el archivo de una vida se vuelve nada más que datos digitales (.jpg, .pdf, .mov), la memoria se vuelve acumulación en vez de sedimento. Aparece entonces el cajón como reducto donde todavía se amalgaman las cosas materiales —las que queremos proteger y las que queremos ocultar— y empieza a explorar sus texturas y enredos. A la distancia, todo parece calmo y disponible en su instalación. La galería podría ser una tienda perdida en el centro de Buenos Aires y, sin embargo, al acercarse todo cobra una vida diferente. 

En este contexto, no sorprende que el arte contemporáneo haya virado hacia la dimensión táctil como estrategia de resistencia o contraofensiva; el textil y la cerámica reinan hoy en museos, ferias y galerías. Pero en la producción de Elisa tiene un grado menos de separación. No se comporta como manifiesto o como expresión de una cultura local. Es, al mismo tiempo, más íntimo y más universal. La proximidad es térmica. Allí donde las pantallas prometen contacto pero sólo entregan superficie, las manos de Elisa recuperan una forma de visión táctil del mundo. En ese gesto, el tacto recobra algo de su potencia cognitiva: la apertura a un pensamiento que se deja moldear por la materia.

Ante la crisis de la producción textil masiva que redefine el consumo local en Argentina y, con el auge del fast-fashion –tendencia relativamente nueva en nuestro país–, Lutteral propone un retorno crítico a las prácticas manuales. El uso de las agujas atravesadas en los tejidos remite exactamente a cómo se clavarían en un cuerpo humano: es imposible no notar la ligereza y determinación de las manos de la artista. Muchas veces hablamos del resultado, del producto, de la pieza final; pero ignoramos el transcurso material en su producción. La estetización de esta fuerza de trabajo detrás las prendas, que se ven procesadas con precisión, tejen distancia contra tendencias que abordan lo artesanal-soft en el arte textil.

Acompañado por la curaduría de sala y el dispositivo expositivo, el uso de mesas y cajones de guatambú como soporte es fundamental para la lectura funcionalista de la muestra. La obra no se presenta como un objeto decorativo, sino como un elemento de estudio o producción en un espacio de trabajo muy cuidado, donde hay una vuelta al taller y al trabajo manual, además de una presencia intimista dada por la reproducción de cajones de cómodas y placards, que nos recuerda el lugar que ocupa en nuestra vida cotidiana.

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