La vorágine

YOTO en Espacio Hermes (en colaboración con Jamaica ATR Gallery), con la curaduría de Renata Di Leo.

Tras su inauguración el año pasado con Cabeza Trofeo Paisaje (un “ensayo curatorial” de Benjamín Felice), Espacio Hermes presenta La Vorágine, su segunda exhibición de arte contemporáneo.

Nos comenta la curadora, Renata Di Leo:

La muestra es, en sí misma, un retrato de la ruralidad argentina que surge de conversaciones que tuvimos con YOTO en el marco de otro proyecto conjunto. Él es de Córdoba y yo soy de Mendoza, y encontramos cierta afinidad por ahí.

Conversamos sobre los recuerdos que teníamos en relación a personajes de la mitología autóctona (la luz mala, el chupacabra, el pombero, etc), sobre cómo vivíamos esas historias en nuestra infancia y cómo se extendían esos cuentos que nos contaban en la noche, que tienen una forma que atraviesa la temporalidad. Al final, nos preguntamos: «¿Qué pasaría si juntamos a todos estos personajes en una pulpería una noche eterna de vorágine y los hacemos dialogar?».

Y a partir de esa charla, YOTO empezó a producir. 

Originalmente, esta muestra se planificó para Jamaica ATR Gallery durante el 2025. Sin embargo, tuvimos una serie de complicaciones, hasta que, eventualmente, la galería cerró.

Como finalmente no pudo concretarse en su espacio inicial, todas esas obras terminaron presentándose en ArteBA. Cuando retomamos la intención de realizar la exposición, decidimos plantearla como colaboración Jamaica-Hermes, pero situada en un espacio de nuestra ciudad actual, Buenos Aires. Con el cambio de locación, empezamos a repensar la pulpería: ya no como un ámbito rural, sino como parte de este espacio nocturno de encuentros, excesos, vehemencia y locura que condensa la ciudad.

YOTO, un multidisciplinario artista plástico nacido en Córdoba y radicado en Buenos Aires, presenta en exhibición obra situada entre la construcción de imaginarios que reflexionan y deforman la tradición, a través de una propuesta estética abrupta de impacto inmediato. Como catalizador de mitologías vernáculas, YOTO objetiva fundir visceralmente la vigilia fragmentada del día a día en trabajos detallados de cerámica esmaltada.

Dice el texto de sala:

Entré como se entra al sueño, sin saber bien qué parte era aquella radiante complicidad del imaginar. La complejidad sencilla del tiempo y sus vericuetos me marcaron el paso. No existía el norte y, en principio, no hubo puerta. Solo una gran lengua que, extendida sobre la tierra, se posaba como quien espera algo más que palabras. Resultó que, despojada de sus sutilezas para mostrarse tal cual es, la lengua oficiaba como interfaz dialéctica y enarbolaba el humor como escudo.

En aquel instante, mientras el camino imprimía elementos dispares en el territorio de lo incierto, la habladuría abría un resquicio por donde la historia y la leyenda comenzaban a fundirse. En esa deriva, el aire, acompasada pero estrepitosa memoria sin forma de un lugar de tiempo espeso, suspendía un espacio para que lo real se quedara dormido. Con un pie todavía arraigado en aquel estado de conciencia a punto de erupcionar, el pulso de una memoria mineral precipitaba devenires polifónicos.

A orillas de la fantasía que pernocta para evitar el día, empecé a sentir cómo los enigmas de sedimentos antiguos se desvanecían. El parpadeo se convertía en una nueva forma de mirar ; una suerte de intermitencia con múltiples matices lumínicos que, apabullante como zapateo de monte, se enfrentaba al zaguán de una vigilia que apenas se sostenía, pero reclamaba su reino. En un intento por afincar los gestos de lo que no figuraba en ningún mapa, la vorágine se tornó inminente. Algo así como un fenómeno natural e impetuoso que arrasaba con la prolijidad consciente de los días.

Todo se mezclaba en un lío estrepitoso. Seres orquestales del submundo neocriollo, de rasgos profundos y divertido semblante, irrumpían con el flexible furor de sorpresas tímbricas y atravesaban ventanas con paisajes que no moré, pero que recuerdo con cariño. Entre risas póstumas y ojos húmedos, las cualidades brumosas de lo que se hereda y lo que se filtra dejaron a la vista algunos terrores fugitivos que, en su vehemencia sorpresivamente desafiante, no paraban de parlotear. El rumor de la muerte desdibujaba los códigos hasta que el instinto imperaba.

Llegué a sentir una suerte de goce en la propia e intensa degradación del espacio y el tiempo. Deformando todo a su paso, la vorágine convertía al microcentro porteño en una pulpería del bajo mundo. Las tripas, pobladas de vacíos y acorraladas por la bronca de una ciudad apuñalada, se revolvían en el colapso. Dejarme caer me mostró la potencia de un agenciamiento desconocido. Un sueño casual arreaba el rastro de lo humano y trazaba la huella de lo inanimado hacia el embudo de los miedos más viscerales.

En los restos arqueológicos de cerámica se percibía un futuro que ya pasó. Cuando la monstruosidad, llegada como manada desbocada, se hizo carne, no quedó más que aceptarla. Dejarse asaltar por la vertiginosa aceleración de YOTO que, en un golpe de baraja, desplegaba todo su impacto. Volví a la barbarie.

Sobre las particularidades estilísticas del texto de sala nos comenta, una vez más, Renata Di Leo:

YOTO me dio una consigna para escribir: quería que yo fuese poseída por uno de esos demonios; que encarnara y personificara su estadío de vorágine. Nunca me habían dado una premisa así para escribir. Me costó un montón, porque el chip de la academia siempre te tira hacia ese lugar más teórico.

Esta muestra marca el fin de este proyecto expositivo rosarino que buscó tensionar los límites de la exhibición convencional en la metrópolis santafesina. Esta última gestión compartida entre ambos espacios permitió no solo un cruce de públicos y estéticas en el microcentro porteño, sino que permitió profundizar una última vez la propuesta de Federico Cantini; la promoción de producciones y activaciones ligadas a lo procesual y lo afectivo, desmarcadas de las convenciones del rígido circuito profesional.

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